MIÉRCOLES, 17 DE MAYO DE 2017
El naufragio del hijo pródigo

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“El liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de los demás.”
Alberto Benegas-Lynch

Ricardo Valenzuela









“De cuando decidí hacer el esfuerzo para regresar a mi iglesia, pero ya como libertario.”


Durante siglos la iglesia católica fue gran influencia en la conformación de la humanidad y sus organizaciones. Desde su nacimiento hasta su intervención por la paz durante el siglo 10 mediante el decreto papal, La Paz de Dios, fue un positivo agente del cambio. Sin embargo, después sucumbiría bajo el control de personajes distantes de las enseñanzas de Cristo, para caer en un periodo de excesos que provocaran la rebelión de Martin Lutero, y cambiar el rumbo de la humanidad.

México no sería inmune a estos fenómenos puesto que con la conquista de España heredábamos una estructura económica, política y religiosa, coordinadas para cincelar nuestra cultura y valores con los que, para bien o para mal, nuestra nación escribiría su historia. Ya Octavio Paz lo afirmaba, nos encerraban en la prisión de la autocracia política de la corona de España, y el monopolio espiritual de la iglesia católica y su Sagrada Inquisición. Nuestro futuro estaba sellado.

Quienes fuimos educados en colegios católicos, arribábamos a la universidad con valores confusos y, sobre todo, sentimientos de culpa sin poder identificar sus orígenes, pero conscientes que el monopolio del perdón estaba a la mano, solo al traspasar los umbrales de la iglesia y confesar nuestros pecados. Pero el tiempo y, en especial, los conocimientos adquiridos, nos presentarían avenidas diferentes al valle de lágrimas que nos enseñara en el Catecismo y, en mi caso, se iniciaban los cuestionamientos y mi rebelión.

Mi rebeldía frente a la iglesia fue motivada por su ideología económica y la hipocresía de sus líderes. Conforme mis conocimientos de economía se expandían me daba cuenta que, a través de los siglos, uno de los grandes enemigos de la libertad, siempre había sido la iglesia católica. Todos los libros clásicos del tema como, La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, Tres tratados de Gobierno de John Locke, En Libertad de John Stuart Mill y muchos otros, desde sus primeras publicaciones fueron prohibidos por la Sagrada Inquisición so pena de muerte.

Me alejaba de la iglesia rechazando conductas de curas como los obispos Samuel Ruiz y Sergio Méndez Arceo, promotores del marxismo, y el movimiento católico marxista llamado Teología de la Liberación. Pero tal vez el factor más importante que provocara mi retirada, se presentaba cuando en mi vida profesional tuve que atestiguar las acciones de poderosos “empresarios” y líderes de las mafias laicas de la iglesia, profesando su gran amor por Cristo al mismo tiempo que exhibían conductas de lo más ruines, pero sin faltar a su misa y comunión diarias. Mismas conductas que exhibían cantidad de curas palmeados por su hipocresía. 

Sin embargo, en mi peregrinar tuve la fortuna de conocer las obras de grandes católicos libertarios como Charles Murray, Robert Sirico, Lord Acton, que me provocaron modificar mi actitud pensando, sí es posible ser católico y libertario. Al mismo tiempo sus ideas me ayudaban a crear un escudo de protección en contra del vigente socialismo de la iglesia católica, disfrazado de amor por los pobres. Pero al leer el libro de Randy England; “La Libertad es hermosa; Por qué los católicos deberían ser libertarios”, fue cuando decidí hacer el esfuerzo para regresar a mi iglesia, pero ya como libertario.

Hace unas semanas, mi hija Satenik me llama para informarme que mi nieta Caroline recibiría su primera comunión en Nogales. Pensé era una buena oportunidad para formalmente iniciar mi regreso al rebaño. A la hora indicada estaba en la iglesia referida con toda mi familia, esperando con ansias apareciera un sacerdote de apariencia angelical y dar inicio a esta ceremonia tan especial, no solo para mi nieta, para toda mi familia. Después de unos minutos se escucha un estruendo y, con un sequito que envidiaría Elvis, hace su entrada un hombrecillo que pareciera emergido de una revista de caricaturas, caminando y cantando invadido por extrañas contorsiones.

Inicia la misa hablando a ratos español y luego un inglés que pareciera haber aprendido de Frito Bandido. Para oficiar la misa se acompaña de un coro que entonaba notas al ritmo de un órgano que emitía, no música inspiradora, sino algo que sonaba más como tristes lamentos, al mismo tiempo que el hombrecillo se sumaba al coro con su canto, un canto que semejaba más al tétrico grito de un tecolote en medio de una oscura noche. Pasaba luego a gesticular su cuerpo tratando de proyectar se sumergía en un trance, pero un trance de vudú.

Procede luego con un largo mensaje en el cual se detectaba, más que la palabra de Dios, las protestas de alguien con una carga emocional que, lejos de esconderla, le abría una enorme compuerta para darle avenida a sus resentimientos, frente a un confundido grupo de niños que acudían a recibir la eucaristía por primera vez. Me empezaba a sentir incómodo.

Habiendo tenido que lidiar con una infección en la garganta, mi médico me recetaba un chicle medicinal (Aspergum) para controlar el dolor. Al terminar su perorata, el hombrecillo se dirige a mí casi corriendo y, extendiendo su diminuta mano, me grita en su inglés oaxaqueño; “Give me your gum and respect the house of the Lord”. Me preparaba para darle mi respuesta cuando veo la cara de angustia de mi nieta, y simplemente le escupo el chicle.

Acto seguido, el hombrecillo velozmente se dirige a la segunda de mis hijas, la madrina de la niña y la más piadosa de ellas, quien lucía un ajuar que mostraba sus hombros. Con la cara descompuesta le grita; “cómo te atreves a venir así a “mi iglesia”. Parece que te vestiste para ir a un bar. Cúbrete o salte de mí iglesia”. En esos momentos trato de incorporarme para ir a defenderla de ese tipejo, pero mis yernos me detienen, veo de nuevo la cara de angustia de mi nieta, y me siento rumiando mi rabia.

El hombrecillo continúa despotricando contra el mundo entero y, alzando su mirada para luego poner los ojos en blanco, prosigue su actuación simulando lo que a mí me pareció un satánico orgasmo o un exorcismo.

Finalmente termina su extraño ritual y sale al atrio. Mis hijas —que no fueron creadas para agachar la cabeza frente a los abusos— van a enfrentarlo con sus reclamos ante sus viles acciones. Pero el hombrecillo montado en su soberbia, intenta de nuevo agredirlas. En eso ve que uno de mis yernos se aproxima y, como el cobarde que es, corre para encerrarse en su demoniaco aposento, negándose a salir y dar la cara.

Abandono los espacios de esta rara iglesia sintiéndome vacío y triste, al ver que a mi nieta le habían arruinado esta ocasión que debería haber sido especial. He llevado mi queja a todas las instancias de la iglesia, y lo único recibido ha sido el silencio. Pero no me extraña, si protegen pederastas, si tienen sociedades con laicos que comulgan a diario, pero salen luego a saquear, no solamente empresas, a países enteros, con más desvergüenza protegen sus payasos como el hombrecillo patán de Nogales, “Padre” Bardo Antúnez. Ese patético ser que no encuentra cómo apagar el fuego que arde en el alma de su enanismo espiritual.

¡El regreso del hijo prodigo había naufragado! 


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