Pesos y contrapesos
Ago 2, 2017
Arturo Damm

Lo único que no debe hacer

Bien podría empezar nuestro gobierno anunciando la total y definitiva apertura de la economía mexicana a cualquier importación de cualquier país, no solo de los Estados Unidos o el Canadá.

¿Qué es lo único que el gobierno mexicano no debe hacer en el marco de la renegociación del Tratado de Libre Comercio, el TLC? Limitar o prohibir, más de lo que ya lo están (lo cual quiere decir que falta mucho para tener verdadero libre comercio), las importaciones de productos hechos en los Estados Unidos. Es más, en un golpe de timón, bien podría empezar nuestro gobierno anunciando la total y definitiva apertura de la economía mexicana a cualquier importación de cualquier país, no solo de los Estados Unidos o el Canadá. ¿Lo hará? Claro que no, para ello le falta altura de miras. Pero que no lo vaya a hacer no quiere decir que no lo deba hacer.

¿Qué efecto tienen las importaciones en la economía mexicana? Primero: una mejor, y si los productores nacionales resisten la competencia también una mayor, oferta de bienes, lo cual reduce la escasez, rebaja los precios, y por ello eleva el bienestar de los consumidores. Segundo: más competencia para los productores nacionales, lo cual los obliga a volverse más productivos (ser capaces de hacer más con menos), condición necesaria para volverse más competitivos (capacidad para, en términos de precio, calidad y servicio, ¡la trilogía de la competitividad!, hacerlo mejor que sus competidores, tanto nacionales como extranjeros). Todo esto, ¿tiene algo de malo? ¿Tiene algo de malo que los productores nacionales se vuelvan más productivos y competitivos? ¿Tiene algo de malo que los consumidores mexicanos eleven su bienestar, que depende de la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios de los que pueden disponer, cantidad, calidad y variedad que aumentan gracias a las importaciones?

Si el gobierno estadounidense, consecuencia de la renegociación del TLC, prohíbe o limita las importaciones de productos mexicanos, los afectados serán los consumidores estadounidenses, quienes tarde o temprano se lo demandarán. Si el gobierno estadounidense lo hace no es razón para que, por aquello del ojo por ojo y diente por diente, el gobierno mexicano también lo haga. Sería un error.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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