Reflexiones libertarias
Oct 25, 2019
Ricardo Valenzuela

Mexicanos tras la fiesta, americanos tras el dólar

La igualdad de los liberales americanos era igualdad ante la ley, pero los mexicanos la deformaban con su imposible igualitarismo de clases, causa de graves problemas.

Si durante el siglo 18 hubiéramos podido asomarnos a Inglaterra y España, la superioridad de la primera nos dejaría sin habla y también observaríamos que esa diferencia no estaba confinada a la región europea. Las colonias inglesas en América habían superado ampliamente a las españolas. Porque al inicio del siglo 16 se consideraba que el castellano, en todos aspectos, no estaba al nivel del ciudadano inglés. Historiadores coinciden en que el norte debía su gran civilización y prosperidad al efecto moral de la Reforma Protestante, y el declive del sur de Europa se adjudicaba al resurgir de la Iglesia Católica.

Así nacían dos disparejas estampas. El escritor uruguayo, Rodó, haciendo uso de la dicotomía Shakespeariana, describía a los latinoamericanos como delicados, sentimentales, soñadores, espirituales, nobles y de gran propósito moral. Y a los americanos como vulgares, vanidosos, con desprecio por el arte, rechazando cualquier pensamiento que no fuera dirigido a un objetivo práctico. Para ellos la ciencia era investigación necesaria precedida de una aplicación utilitaria. Es decir, por un lado, los soñadores dedicados al mundo de lo bello, lo espiritual. Por el otro, los rudos y agresivos buscadores de fortuna, compulsivos en su trabajo, sin perder tiempo en cosas improductivas, competitivos, cuyo objetivo final lo definiera uno de ellos; “ser obscenamente rico”.    

Con estos perfiles tan contrastantes ambas colonias habían iniciado sus asentamientos en el nuevo mundo y, para finales del siglo 19, la comparación se hacía todavía más contrastante. Mientras los mexicanos sentimentales se dedicaban a soñar componiendo corridos, celebrando cumpleaños, los vulgares americanos trabajaban y participaban liderando la revolución industrial.

Las ideas liberales clásicas se consolidaban en EU y en el norte de Europa. Esto los llevaría a la creación de más riqueza en el siglo 19 que la generada los mil años anteriores. Las colonias inglesas las aplicaban de forma radical y así nacían de una revolución liberal contra el imperio, impuestos, monopolios, regulaciones, y el exceso de poder del ejecutivo. Pasaban a estructurar un gobierno con su mapa de navegación indicando la ruta: sin deuda, sin impuestos federales ni al consumo, sin tarifas de importación. Un ejecutivo con funciones muy limitadas, niveles mínimos de impuestos y de gasto, sin licencia para controlar ni regular; un sistema bancario privado, libre, y una moneda fuerte, antinflacionaria.

Al mismo tiempo, en el México independiente explotaba una destructiva tormenta que provocara el establecimiento de dos imperios en los que ambos emperadores terminaran fusilados, al igual que el padre de la patria. El siglo 19 sería testigo de guerras, proclamas, pronunciamientos, constituciones, golpes de estado. Escribía Octavio Paz: “Con retoricas similares las guerras de independencia y constituciones de los nuevos países de América Latina, el resultado fue la continuidad de las arcaicas estructuras políticas, sociales, y la injusticia de las colonias. La independencia de México fue una manifestación de las tradiciones españolas y árabes de patrimonialismo que crearon nuestro caudillismo que continúa dominando el país”.

Los conservadores mexicanos eran centristas, proteccionistas, proiglesia. Los liberales portaban las visiones humanistas (no las económicas) que provocaran las revoluciones francesa y americana. Los conservadores, infectados con el virus de la cultura ibero-católica antagonista del progreso, no fueron capaces de provocarlo. Los liberales tampoco pudieron capturar ese huidizo desarrollo porque eran cautivos de la misma cultura, y ambos bandos quedaban incapacitados. La igualdad de los liberales americanos era igualdad ante la ley, pero los mexicanos la deformaban con su imposible igualitarismo de clases, causa de graves problemas. Con el avance del siglo 19 era ya muy claro que la independencia no era garantía de prosperidad ni estabilidad para México, y en medio de ese remolino se perdía la mitad del país. 

Ambos arribaban al siglo 20 y la mejor definición de los EU la hacía Mises en 1926: “EU se ha convertido en el país más rico y poderoso del mundo, a través de un sistema económico que no establece límites a la libertad del individuo para ir en busca de sus sueños, lo que ha provocado el desarrollo del gran aparato productivo de la nación. Su riqueza sin precedentes no es el resultado de sus recursos naturales, sino de las políticas económicas implementadas para aprovechar las oportunidades que esos recursos ofrecen. Nunca han subsidiado proyectos mal implementados o faltos de viabilidad, han apoyado la competencia, eficiencia, productividad y la libertad”.

En esa misma década, la hegemonía sonorense con Alvaro Obregón tomaba la presidencia de un país destruido, y en la antesala esperaba Elías Calles con las herramientas del estatismo para de nuevo encadenarnos. El historiador Lawrence Harrison nos describía así: “Ya montado en el siglo 20, es difícil evadir la conclusión que, aunque aparente modernización, México ha sido un rotundo fracaso. Ha negado a su gente educación adecuada, oportunidades económicas que solo se logran en mercados libres, justicia en un sistema judicial donde influencia política y dinero siempre ganan. Ha creado una economía bloqueada. Sus intelectuales se han dedicado a culpar a EU de todos sus males. Un buen día, México perdió su libertad y durante un siglo no la ha extrañado”.

¿Por qué las diferencias? Cultura y malas ideas. El mexicano de Monroy.

Para el mexicano el tiempo no importa y siempre llega tarde. Carece de fuerzas para abandonar el calor de las sábanas. Por eso en la vida todo le llega tarde o nunca le llega. Ve el futuro con fatalismo y ya predeterminado. Pero nunca falta uno que él se considere predestinado a no sufrir, ni padecer. Nada puede ser cierto si no es declarado por él. El Valle de Lágrimas no es para él, es para la borregada que lo lleva por el no lagrimado camino hacia el poder. Se viste con sacos de hombreras muy anchas, pero no tiene espaldas amplias ni la cintura angosta, y los pantalones le quedan largos. Simula lo que no es y en el fondo es su propia decepción.

Odia al gringo que le robó la mitad de su territorio. Estamos jodidos y ellos tienen la culpa. Tienen la culpa de todo lo negativo, de todo lo bajo y lo cruel, porque su diminuta mente se ha encogido aún más por sus odios. El trabajo es castigo y herencia de Adán cuando Dios lo expulsara del paraíso. Se cultiva en las peluquerías donde encuentra el substituto de la academia. Allí puede brillar sustentando opiniones contra su maestro, el peluquero. Con los primeros libros se quedó sin dios, luego sin patria, finalmente sin madre. Es el clásico político en ciernes que le da más ruido al eructo y más profundidad al bostezo. Y contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano. Porque este predestinado llegará al poder para, con la filosofía de sus telenovelas y de su peluquería, tomar control del país para seguir operando con pérdidas. Y así seguimos.



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