LUNES, 30 DE NOVIEMBRE DE 2009
El punto sobre la i
¿A usted le parece buena idea desperdigar el gobierno?
No
No sé

Arturo Damm





“"Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres." ”
J. J. Rousseau

La frase de Rousseau, quien reconoce en la democracia la forma de gobierno propio de los dioses, es una clara muestra del prestigio con el que la misma ha contado, sobre todo a partir la Modernidad, democracia en la cual el filósofo ginebrino reconoce al gobierno perfecto, todo lo cual muestra lo confundido que, en la materia, andaba el bueno de Juan Jacobo, por más que haya escrito en un tiempo, el siglo XVIII, en el cual la opción correcta al absolutismo parecía ser la democracia, entendida, llevando las cosas al extremo, no solamente como una manera de elegir gobernantes, sino como una forma de gobernar, siendo que la opción correcta al absolutismo no es la democracia sino el liberalismo, sin olvidar que la democracia, por más que pueda serlo, no debe ser una forma de gobierno, ni siquiera una manera de elegir gobierno, sino simplemente un método para elegir gobernantes, ¡algo muy distinto!

 

Para entender porqué la democracia no debe ser una forma de gobierno, debe reconocerse que gobernar consiste en crear y mantener un orden justo, siendo justo aquel orden que reconoce plenamente, define puntualmente y garantiza jurídicamente los derechos naturales de la persona a la vida, la libertad y la propiedad, orden justo que no debe estar sujeto a votación ni depender del resultado mayoritario.

 

Lo anterior quiere decir que el gobernante, quien es el que detenta el poder para eliminar o limitar la libertad individual y la propiedad privada de los gobernados (poder que en manos poco escrupulosas, ¡como por lo general acaban siendo las de los gobernantes!, degenera en tiranía), tiene que hacer todo lo que esté a su alcance para garantizar la vida, la libertad y la propiedad de los gobernados y, de fallar, debe hacer todo de lo que sea capaz para castigar a quien violó el derecho de los demás y, de ser posible, resarcir a la víctima, debiéndolo hacer al margen de la voluntad de la mayoría y, en último instancia, en contra de la voluntad de la totalidad, lo cual quiere decir que debe hacerlo por principio.

 

La democracia debe ser solamente electoral, es decir, una manera de elegir gobernantes, pero no forma de elegir gobierno, sobre todo si por gobierno entendemos las reglas del juego (ya que entonces las reglas del juego resultarían las elegidas por la mayoría, lo cual no garantiza que sean, ni justas, ni eficaces), ni tampoco manera de gobernar (ya que entonces el gobernante haría valer, o no, las reglas del juego conforme a la voluntad de la mayoría, lo cual sería un despropósito).

 

La democracia debe ser únicamente la manera de elegir gobernantes, es decir, de escoger a aquellos encargados de crear (redacción y promulgación de leyes justas y eficaces) y mantener (con la amenaza del castigo en caso de la violación de dichas leyes) el gobierno, mismo que, desde la perspectiva liberal, al menos en sus trazos generales, está muy claro en qué consiste: crear y mantener un orden justo, siendo justo aquel orden que parte de reconocer plenamente, definir puntualmente y garantizar jurídicamente la vida, libertad y propiedad de la persona, todo ello por principio y, por lo tanto, al margen de la voluntad de la mayoría, misma que debe limitarse a escoger a aquellos que deberán llevar a cabo esa tarea.

 

Desafortunadamente abundan los rousseaunianos, convencidos de que la democracia es, no únicamente la mejor manera de elegir gobernantes, sino la mejor forma de gobierno.

 

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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