LUNES, 23 DE DICIEMBRE DE 2013
El punto sobre la i
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Arturo Damm





“El empleo no debe ser un fin en sí mismo. Los puestos de trabajo son importantes por lo que producen, no por el simple hecho de existir”
Julian Adorney

El trabajo tiene varias dimensiones, que podemos enumerar desde la más urgente hasta la más importante.

En primer lugar, en el lugar de lo más urgente, está la dimensión económica, que tiene que ver con la necesidad del ser humano de procurase los satisfactores necesarios para poder satisfacer, de entrada, sus necesidades básicas (lo que garantiza su sobrevivencia) y, de salida, sus gustos, deseo y caprichos (lo que hace posible mayores niveles de bienestar).

En segundo lugar se encuentra la dimensión social, por la que la persona coopera con, y compite contra, los demás. Coopera participando, con otras personas, en determinados procesos de producción, basados en la división y especialización del trabajo. Compite contra otros grupos de personas que participan en la producción de bienes y servicios semejantes (sustitutos) a los que ella produce, que también se ponen a disposición de los consumidores en los mercados.

En tercer lugar, en el lugar de lo más importante, está la dimensión personal del trabajo, que tiene que ver con las consecuencias ónticas y éticas que el trabajo realizado tiene sobre la persona que lo realiza, al grado de poder afirma que, hasta cierto punto, la persona es lo que hace, pero que sobre todo es como lo hace, y que si lo hace bien (dimensión ética) será mejor (dimensión óntica). Existe una relación indisoluble entre la persona que trabaja, el trabajo realizado, y el producto del trabajo, por lo que, hasta cierto punto, somos lo que hacemos, pero sobre todo somos como lo hacemos.

El trabajo es una realidad muy humana (estrictamente hablando sólo el ser humano trabaja) y muy compleja (de entrada por todas las dimensiones que implica, desde las más urgentes hasta las más importantes), trabajo que, desde la perspectiva de su dimensión económica, siempre ha preocupado a políticos, legisladores y gobernantes, quienes prometen –sobre todo desde Keynes– hacer lo que se tenga que hacer para asegurar empleos a todos, siendo que, sobre todo desde la perspectiva económica, lo que debe importar  es asegurar, ¡de la manera correcta!, empleos productivos a todos los que deseen trabajar.

¿Cuáles son los empleos productivos? Aquellos por cuyos productos –que pueden ser bienes, o pueden ser servicios– alguien está dispuesto a pagar un precio, lo cual le permite, a quien los produjo, o participó en su producción, generar un ingreso, el cual hace posible la compra de los satisfactores necesarios para poder satisfacer las necesidades, todo ello dentro de los márgenes de la dimensión económica del trabajo.

Desde el punto de vista de lo urgente, desde la perspectiva de su dimensión económica, el fin del trabajo es la satisfacción de las necesidades de la persona, satisfacción que es posible si previamente la persona necesitada obtuvo los satisfactores necesarios para poder satisfacer sus necesidades, lo cual es posible si esa persona fue capaz, ya de manera directa, ya de forma indirecta, de producir esos satisfactores, producción de satisfactores que, ya sea para el autoconsumo, ya para la venta, define al trabajo productivo, trabajo productivo que debe ser la meta. En este caso el adjetivo productivo es más importante que el sustantivo trabajo, algo que muchos políticos y gobernantes no acaban de entender.

Desde el punto de vista económico el trabajo es importante, no por quien lo realiza, sino por lo que se produce.

Por ello, pongamos el punto sobre la i.


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