Ideas al vuelo
Jul 13, 2006
Ricardo Medina

La fe en el conocimiento

Si la vida cotidiana estuviese llena de eventos milagrosos –extraordinarios, que ponen en entredicho la lógica- rápidamente enloqueceríamos.

Gracias a Dios la realidad es avara para ofrecernos maravillas que desafían la lógica. De lo contrario, enloqueceríamos esperando milagros y muy pronto la realidad se nos volvería ininteligible. Perder el contacto con la realidad, nos dice el sentido común, es enloquecer.

 

Por desgracia vivimos en una época ávida de eventos extraordinarios. Lo primero que nos vendió el romanticismo del siglo XIX no fue la fe en la razón, sino la fe en que sólo lo extraordinario vale la pena. Más tarde, la difusa frontera que han establecido los medios de comunicación entre la información y el espectáculo de lo insólito nos ha hecho ilusionarnos con una falsa cotidianeidad milagrosa: soñamos en que algún día nosotros seremos los protagonistas y beneficiarios del evento maravilloso que, sin fatiga ni mérito, nos alejará para siempre del aburrido y rutinario entorno de la racionalidad y la lógica. Veremos –esa es la ilusión, la religión vulgarizada para consumo del populacho- efectos sin causa, o al menos efectos desproporcionados respecto de sus causas.

 

Veamos el caso de la economía y de las políticas públicas. Esta avidez por lo extraordinario-milagroso, por el “realismo-mágico”, es terreno abonado para que florezcan propuestas asombrosas y voluntarismos indomables: basta con que movamos tal o cual variable, es suficiente con que tengamos “voluntad política” inquebrantable, y ¡ya está!, fabricamos otro milagro. No es así y de ello surge el “desencanto”, de una falsa ciencia llena de mágicos trucos y “encantamientos”.

 

O veamos, más cercano a la experiencia diaria de cada cual, el catálogo de negocios y empresas fracasadas que nacieron de la ilusión –nunca mejor dicho- de que los deseos bastan para poner en suspenso las, esas sí, inquebrantables leyes de la lógica que, ojo, no son leyes que nos hayamos inventado, sino que descubrimos en la realidad.

 

El supuesto fracaso de muchas reformas estructurales, la fatiga o desencanto en muchos países, como el nuestro, ante las llamadas reformas “neoliberales” no nace de la perversidad de dichas reformas, sino de que ni siquiera han sido emprendidas con paciencia y realismo, o de que se han aplicado saltándose premisas imprescindibles del razonamiento lógico (sustituyendo con voluntarismo y retórica lo que falta de precisión y realismo), quemando etapas con el fervor del político sediento de votos o con el simplismo de quien confunde recetas –combinación de destrezas con conocimientos- con mágicos conjuros.

 

Es tiempo, en países como México, de restaurar en todos los ámbitos las leyes de la lógica con todas sus inquebrantables exigencias. Lo mismo en la vida política, donde la aritmética no puede suplirse con proclamas encendidas, que en la investigación y en la enseñanza, donde el esfuerzo intelectual y la humilde actitud de escucha hacia la realidad no puede sustituirse con catecismos ideológicos.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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