VIERNES, 11 DE AGOSTO DE 2006
Reforma fiscal: ¿Sí o No?

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“En medio de los plantones, los campamentos, la demagogia mesiánica, el temor de los ciudadanos, la incertidumbre, y la provocación, sigue estando vigente el asunto capital de las reformas estructurales. Y de todas la más urgente es la reforma fiscal.”


En medio de los plantones, los campamentos, la demagogia mesiánica, el temor de los ciudadanos, la incertidumbre, y la provocación, sigue estando vigente el asunto capital de las reformas estructurales—y de todas las pendientes, sobre todo, la más urgente, o sea, la reforma fiscal. El entusiasmo expresado por el candidato del PAN, Felipe Calderón, en torno a un esquema de tasa única, permitía abordar el laberinto de la reforma fiscal en una forma que fuese muy sensible, y muy consciente, a las clases populares que se verían, en un inicio, dañadas por los ajustes del cambio.

 

Sin embargo, quizá porque el tema se ha satanizado a partir de los dos fracasos en la aprobación de la reforma fiscal integral, miembros del equipo económico de Calderón, concretamente Eduardo Sojo, han declarado un rotundo “no” a la unificación del impuesto al valor agregado. Esta posición se ha vuelto políticamente necesaria, más, como el mismo Sojo bien conoce, no resiste en análisis económico. Peor aún, es la muerte preanunciada de un sistema de tasa única. Por definición, un régimen de tasa única no es consistente con un régimen de tasas preferenciales.

 

La gran virtud de la propuesta de tasa única es que implica ir más allá, mucho más allá, de los objetivos de recaudación—de hecho, es un sistema que implica respetar a los contribuyentes, haciéndoles la vida significativamente más fácil, no tan sólo en todas las reducciones que se puedan dar, sino en el cumplimiento de las obligaciones fiscales. En el mejor de los casos, habrá que declarar un determinado ingreso, restar el monto equivalente al porcentaje fijo, y realizar el pago. En este escenario, habría una tasa fija al consumo, una tasa fija a la renta de personas morales, y una tasa fija a la renta de personas físicas, si bien con exenciones importantes para los deciles representados por las familias que viven en pobreza extrema y pobreza moderada.

 

Punto y aparte. No habría impuestos adicionales, no habría deducciones, subsidios, créditos preferenciales, privilegios, ni mucho menos la tramitología correspondiente. Un pequeño negocio podría, en su caso, prescindir de la ingeniería de fiscalistas, contadores y abogados que hoy se hacen necesarias para navegar el complicadísimo mar fiscal.

 

En un estupendo resumen sobre la tasa única, Adolfo Gutiérrez nos sintetiza cómo la idea de la tasa única ha despertado un impacto fundamental en países del continente europeo oriental—es decir, en esencia, los países del antiguo bloque soviético. En 1994, Estonia se convirtió en el primer país en Europa en promulgar la tasa única del 26%. Le siguió, bajo un efecto dominó, Latvia, con una tasa única de 25% en 1995. Rusia, en 2001,  comenzó a aplicar una tasa única de 13% reemplazando los tres ramos de impuestos que tenían una tasa tope de 30%. La recaudación aumentó 28% tan sólo en 2001. En los años subsiguientes, Serbia y Ucrania adoptaron la tasa única con tasas del 14% y 13% sobre las rentas a personas físicas. Georgia introdujo la tasa única más baja del 12%. En Eslovaquia se estableció una tasa del 19% para las ventas corporativas e ingresos personales en 2003. Rumania, que el año entrante se unirá a la Unión Europea, acaba de introducir la tasa única del 16%.

 

La idea ha tenido consecuencias, y más allá de estos países. Ciertamente, al poner la propuesta sobre la mesa en la contienda política, se empezó a generar interés de poder lograr la reforma fiscal sobre las virtudes de un sistema de tasa única. Pero ello requerirá, en su momento, eliminar los privilegios existentes, privilegios marcados mucho más para “los de arriba,” que representan las tasas diferenciadas en el impuesto al consumo.


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