Ideas al vuelo
Oct 21, 2005
Ricardo Medina

La implacable productividad

La desventaja de los autos estadounidenses frente a sus competidores extranjeros es, en promedio, de $2,500 dólares por auto atribuibles a los costos laborales. Obviamente, la situación es insostenible.

El desafío de la productividad en la economía global es tan implacable como la muerte. Una tras otra, las más ingeniosas estratagemas que nos hemos inventado para eludirlo se han mostrado inservibles.

 

En diferentes partes del planeta y en distintos ámbitos –que van desde la política hasta la producción de jugos pasando por la banca o la manufactura de automóviles–, somos testigos de dolorosos partes de batalla que dan cuenta de nuevas víctimas de la improductividad.

 

Todos los días recibimos retazos de información –muchas veces encubiertos bajo capas de betún ideológico– que, en el fondo, nos avisan lo mismo: Ante el desafío de la productividad no hay escape. Podemos “ganar tiempo”, paradójicamente agravando la enfermedad, podemos culpar a la globalización, podemos maldecir contra las despiadadas leyes del mercado, podemos sacar del armario las más trasnochadas y fracasadas utopías. Todo es inútil. La improductividad se ha vuelto inviable en el mundo de hoy.

 

Pongo algunos ejemplos. No hay manera de salvar a General Motors (GM) sin cambiar radicalmente el enfoque de las prestaciones laborales y de pensiones que se han convertido en un lastre tanto más dañino en la medida que políticos y líderes sindicales –ayudados por los “buenos sentimientos” de no pocos opinantes de oficio– proclaman que son “conquistas inamovibles e irrenunciables”.

 

 Lo que vale para GM vale lo mismo para los sistemas de seguridad social –y en general para el conjunto de “conquistas” del mal llamado Estado de Bienestar- en buena parte del mundo. Vale para el IMSS, para Alemania o Francia sumidas en el desempleo y en los crecientes déficit fiscales, vale para los miopes negociantes que persuaden a desprevenidos políticos de que requieren subsidios para poder competir, vale para los estudiantes atrapados en la dictadura de la mediocridad (y para sus profesores condenados a ser eternos peticionarios de más gasto público). Vale hasta para los estrategas electorales que siguen confundiendo captación de recursos con captación de votos (como si no hubiese innumerables historias de sonados fracasos electorales construidos con carretadas de dinero malgastado).

 

Visto desde el otro extremo de la cadena –desde la perspectiva de los consumidores– este desafío de la productividad tiene un sabor de dulce revancha. Cada vez que cambio de canal en la televisión –para no darle el beneficio de mi atención a una de tantas muestras de incompetencia y estupidez-, cada vez que elijo como consumidor, o como votante en una contienda electoral, me doy el gran gusto de avisarles a estas llorosas “víctimas” que el desafío es implacable.

 

Piénsenlo, podrán ganar tiempo –aumentando el sufrimiento que conlleva el cambio inevitable-, podrán engañarse y engañar con gastadas retóricas acerca del bienestar colectivo, el interés social y otras parrafadas por el estilo. Es inútil. La improductividad y los improductivos perderán la guerra.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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