VIERNES, 6 DE OCTUBRE DE 2006
Muros mentales

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“Habrá que hacer una tarea muy detallada, directa, para derribar los muros mentales que en estos momentos se van a materializar con este futuro monumento a la estupidez.”


Es paradójico e irracional, que una generación después de que celebramos la caída  del muro más infame del siglo pasado, estemos ahora presenciando el inicio del muro más infame del nuevo siglo. Es paradójico e irracional que, ahora en el treceavo aniversario del proceso de integración que se dio a partir de la firma del tratado norteamericano, culmine con una muralla migratoria en la frontera, en vez de una interdependencia laboral, pero sin fronteras.

 

Otra triste ironía histórica para el comienzo de un siglo lleno de resentimiento, de conflicto, de violencia, de temor, de los peores instintos (hasta odios) nativistas entre las comunidades que nos rodean. Pero las ideas, hasta las malas y las peores, tienen, siempre, consecuencias; y la consecuencia principal del muro migratorio que los (anti-) vecinos del norte pretenden construir, será elevar el costo de transacción de emigrar ilegalmente a la sociedad estadounidense.

 

Pero no detendrá una fuerza inevitable. Decía Victor Hugo: ningún ejército, y por ello ningún muro, puede detener una idea cuyo momento ha llegado. La integración de los mercados laborales en la región norteamericana es natural, es un proceso inevitable, si bien de largo-plazo, pero que fluye en el orden natural de los procesos económicos bajo la integración. Este muro migratorio para detener la inmigración es el equivalente al famoso cuento de Friedirich Bastiat, donde se describe un argumento de productores de velas para implementar una ley que no permita que los rayos del sol entren por las ventanas de casas y hogares, dada la “ventaja desleal” de la luz del sol ante la producción de velas.

 

Sería causa de chiste si no fuese tan triste. Se trata de muros mentales que no han logrado reconocer las realidades de nuestra coyuntura. Primero, la demanda por la mano de obra más barata al norte de la frontera no cederá con la construcción de una muralla. Es consecuencia natural de la consolidación de una economía que está en transición hacia una economía de conocimiento, una economía potenciada por al alto valor agregado de capital intelectual. Segundo, hay un gran problema demográfico con miembros de la generación de “baby boom,” los cuales ejercerán una enorme presión fiscal sobre los beneficios actuales a la comunidad de retirados.

 

La tendencia es insostenible. En un futuro cercano, o se recortan los beneficios, o se eleva la edad de retiro, o se transita hacia un modelo de cuentas individualizadas, o, en el escenario más factible de corto-plazo, se busca cómo ampliar la base de contribuyentes. La mejor forma de hacer esto es relajando las restricciones migratorias.

 

Ahora bien, el muro es una “llamada de alerta,” como bien señaló Guillermo Ortiz (aunque, para variar, esa no fue la lectura que reportó nuestra prensa irresponsable), a que, o hacemos los cambios que eleven nuestra productividad, y se generen las condiciones que permitan a nuestros ciudadanos a incorporarse al nuestro mercado interno laboral, o habrá que enfrentar una situación social precaria, de altísimo riesgo. Hoy, nuestros mejores y más creativos ciudadanos arriesgan todo para alcanzar las oportunidades que se dan en el norte de la frontera. Una cultura de alto crecimiento permitiría, en forma sana y en forma sostenible, dar los incentivos para esas “unidades” de capital humano se queden en casa, y contribuyan valor agregado en casa. Empero, tampoco evitaría el proceso de integración. Este es natural, y en el largo plazo, deseable, para ambas partes.

 

Habrá que hacer una tarea muy detallada, directa, para derribar los muros mentales que en estos momentos se van a materializar con este futuro monumento a la estupidez.


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