JUEVES, 12 DE OCTUBRE DE 2006
Un premio a la estabilidad

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“La lección nos ha salido terriblemente cara, a pesar, incluso, de aquellos que siguen pasando por alto la diferencia entre tener más dinero, y disfrutar de dinero que pueda comprar más.”


Parecería sentido común que un episodio de inflación baja en la actualidad genera una expectativa de inflación baja en el futuro; y, por el contrario, que un episodio de tasas de inflación altas en el actualidad genera expectativas de alta inflación, la famosa inercia inflacionaria, en el futuro. Esto es sentido común; o, si se prefiere una frase menos vulgar, lógica económica

 

Este sentido común, esta lógica mundana entre la mayoría de los mexicanos, acaba de recibir el Premio Nobel de Economía en su edición de este año—a las aportaciones de Edmund Phelps, un gigante intelectual en el mundo de la economía, y reconocido por sus trabajos demostrando el vínculo entre inflación actual y expectativas de inflación a futuro. La experiencia de nuestro país con los ciclos de devaluación e inflación fueron muestra de ello. La reciente experiencia con la estabilidad parecería ser una muestra de la otra cara de esta moneda (revaluada)—es decir, la expectativa de inflación baja en el futuro ha causado cambios importantes en las expectativas alrededor del tipo de cambio, de la tasa de interés y del cálculo económico. Esta misma nace de la experiencia reciente con la inflación baja.

 

El dato negativo, hasta sorprendente, del fuerte aumento en la inflación para el mes pasado, con lo cual la tasa anualizada ya rebasa el límite del 4% en el contrato monetario que nos ofrece la autoridad central, ha sido descontado como un episodio coyuntural, por el famoso efecto “pico de gallo” que se dio a raíz de una escasez inesperada en el jitomate y otras siembras, por los efectos de las tormentas tropicales en diversas zonas del pacifico mexicano.

 

Empero, independientemente de geografías, tempestad y hasta actos de Dios, el hecho es que este tipo de explicaciones, en el pasado, carecían de toda credibilidad—vaya, la respuesta generalizada es que, de nueva cuenta, la autoridad había encontrado un caso para exculparse de sus responsabilidades, para racionalizar su debilidad como garante del poder adquisitivo de la moneda. Y esto, aun cuando estas explicaciones tuvieran sustento empírico. Literalmente, no nos la creíamos—en parte, no se podía eliminar la expectativa de inflación futura.

 

Ya no es así, ahora, por la expectativa de baja inflación para el futuro. Entre otras cosas, los trabajos de Phelps demostraron que, en el largo-plazo, no se realiza la relación inversa entre inflación y desempleo. Es decir, que la Curva de Phillips es falsa. Esta curva, y las interpretaciones caprichosas a su alrededor, ha sido manipulada por los políticos en nuestro país, y por varios economistas medievales, para argumentar, para seguir pidiendo un relajamiento de la rienda monetaria para poder agilizar la actividad económica, y sobre todo el empleo.

 

La visión de Phelps fue encapsulada en, quizá, la mejor definición de un “clima de estabilidad de precios” que se ha articulado a la fecha, el criterio que Greenspan ofrecía, una y otra vez, en sus célebres discursos: un clima donde las decisiones económicas de todos los días no son afectadas por expectativas futuras de inflación. En ese escenario las decisiones de  cuánto ahorrar, como invertir, qué comprar y cuando pagar se toman en forma independiente del futuro comportamiento de la inflación. Una consecuencia de un clima de estabilidad, por cierto, es que aumentos salariales se vuelven una función de la productividad laboral, no de ajustes celebrados de acuerdo a la inflación vigente.

 

Una parte de esto, y más, se lo debemos en buena medida a Edmund Phelps. Empero, esta es una lección que la gran mayoría de los mexicanos han internalizado, sobre todo por nuestra experiencia con un triste pasado monetario. La lección nos ha salido terriblemente cara, a pesar, incluso, de aquellos que siguen pasando por alto la diferencia entre tener más dinero, y disfrutar de dinero que pueda comprar más.


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