MARTES, 17 DE OCTUBRE DE 2006
Aniversario de una lección

¿Cómo evalúa usted el gobierno de López Obrador en sus primeros cien días?
Excelente
Bien
Regular
Mal
Desastroso



“El gobierno es, en realidad, el peor fracaso del hombre civilizado.”
H. L. Mencken

Ricardo Lecumberri







“No caigamos en el error de no ver al “sastre”.”


La aplicación de la teoría económica tiene consecuencias importantes, y si alguien tuvo la claridad de entender y evidenciar esto fue sin duda el economista norteamericano Henry Hazlitt, ferviente difusor de la lógica y de los beneficios del libre mercado. En su libro Economía en una Lección, publicado por primera vez en 1946, ofrece una explicación clara y sencilla sobre los fundamentos de la economía, los efectos nocivos que conlleva la intervención del estado en la actividad económica y, desde luego, las consecuencias de las políticas públicas.

 

La tesis principal del libro de Hazlitt se basa en identificar aquellas falsas premisas que derivan de ignorar la lección de que la economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores.

 

Hazlitt comienza su libro explicando el fenómeno de la falacia de la ventana rota, escrito que emula a Frederic Bastiat (1801-1850), economista francés liberal clásico defensor de la libertad que se destacó en el arte de hacer entendibles para el hombre común las complejidades del razonamiento económico así como en debilitar los argumentos a favor del proteccionismo, del socialismo y del intervencionismo.

 

El relato de Hazlitt sobre la ventana rota, comienza explicando la acción de un niño que lanza una piedra contra la ventana de una panadería y la destroza. El panadero sale enfurecido y comienzan a acudir curiosos que después de un rato comienzan a reflexionar y algunos comentan entre sí o con el panadero que después de todo la desgracia tiene también su lado bueno: ha de reportar beneficio a algún cristalero. Después de todo, si las ventanas nunca se rompieran, ¿qué sucedería con el negocio de los vidrios? Al panadero también le recuerdan el efecto multiplicador. El cristalero tendrá más dinero para gastar en otros comercios y estos comerciantes gastarán a la vez ese dinero, continuando la cadena, por lo que la lógica conclusión sería que el niño que arrojó la piedra, lejos de ser una amenaza pública, se convierte en un benefactor de la sociedad.

 

Hazlitt dice que la primera conclusión es correcta, pero que habrá de seguir adelante y examinar el asunto desde otro punto de vista, ya que ese pequeño acto de vandalismo significa, en principio, beneficios para algún cristalero, quien recibirá la noticia con satisfacción análoga a la del dueño de una funeraria por la muerte de alguien. Pero el panadero habrá de desprenderse de dinero que destinaba a adquirir un traje nuevo. Al tener que reponer el vidrio roto se verá obligado a prescindir del traje o de alguna necesidad equivalente. En lugar de un vidrio y el dinero sólo dispondrá de la primera o bien, en lugar del vidrio y el traje que pensaba comprar aquella misma tarde, habrá que contentarse con el vidrio y renunciar al traje. Desde el punto de vista de la comunidad como conjunto, se habrá perdido un traje que de otra forma hubiera podido disfrutar; su pobreza se verá incrementada justamente en el correspondiente valor.

 

En una palabra, argumenta, lo que gana el cristalero lo pierde el sastre. No ha habido pues, nueva oportunidad de empleo. La gente sólo consideraba dos partes de la transacción: el panadero y el cristalero; olvidaba una tercera parte potencialmente interesada: el sastre. Este olvido, comenta, se explica por la ausencia del sastre de la escena. El público verá reparado el vidrio al día siguiente, pero nunca podrá ver el traje extra, precisamente porque nunca llegó a existir. Sólo advierten tales espectadores lo que tienen delante de los ojos.

 

Así Hazlitt aclara el problema de la ventana rota: una falacia elemental. Cualquiera la desecharía tras unos momentos de meditación, sin embargo, este tipo de falacias, bajo mil disfraces, es el que más ha persistido en la historia de la economía, mostrándose en la actualidad más poderosa que nunca. A diario vuelve a ser proclamado por grandes líderes de las industrias, cámaras de comercio, jefes y líderes sindicales, editorialistas, columnistas de prensa, comentaristas de radio, sabios estadísticos que realizan complejos modelos econométricos y profesores de economía en las universidades.

 

En la actualidad, un disfraz a esta falacia la aportan también los políticos y aquellos agentes económicos que argumentan que hay que gastar grandes cantidades de recursos públicos para generar empleos. La ventaja para los políticos que fomentan este incremento en el gasto público es que los empleos serán visibles, no así aquellos que se eliminaron o nunca se crearon en la iniciativa privada producto de la expoliación de recursos del gobierno a los contribuyentes a través de impuestos para la obtención de dichos fines. No caigamos en el error de no ver al “sastre”.

 

La obra de Hazlitt constituye una de las más importantes contribuciones a la aplicación de la teoría económica. Este año cumple 60 años, pero hoy tiene total vigencia en cualquier parte del mundo. Pasar por alto los conceptos descritos por Hazlitt invariablemente nos seguirá llevando a la trampa y al círculo vicioso de falacias que tanto daño han causado a los individuos a través de los años.


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus