VIERNES, 3 DE NOVIEMBRE DE 2006
El imperativo de la simplificación

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“Para poder trabajar, primero hay que dejar trabajar”


Las futuras autoridades económicas han empezado a subrayar la importancia de la simplificación como herramienta para impulsar el crecimiento. Esta tesis, en un pasado no distante, era considerada ideológica, parte de una política económica opcional. Es, ahora, una realidad aceptada: para trabajar, necesitamos las condiciones para trabajar; y estas son producto de un clima de negocios que facilite hacer las cosas.

 

Se dice fácil, pero representa una tarea titánica. En épocas anteriores, la prioridad de la política económica era estabilizar el camino—es decir, tomar las medidas necesarias para asegurar la estabilidad de la carretera que debemos transitar para poder lograr mayor crecimiento. Después de tres décadas, esta estabilidad se ha consolidado. El empresario ya puede ver el horizonte, ya puede planear, ya puede calcular una tasa real de rentabilidad, ya puede descontar flujos, sin las distorsiones generadas por la inflación y las variaciones, súbitas y dramáticas, en el tipo de cambio.

 

Sin embargo, al emprender el camino en la carretera, los actores cotidianos deben transitar muy lentamente, dada la enorme cantidad de baches, topes y obstáculos que están en el camino—los regímenes diferenciados en tasas impositivas, los mercados laborales y su total inflexibilidad, los altos costos de energía y de telecomunicaciones, todas las reglas y reglamentos que debemos atender para salir adelante, y mucho más.

 

La simplificación, como herramienta de política económica, no es una panacea, o una medida que se puede tomar al instante. Se deben identificar todas las piedritas que hoy saturan las rutas hacia le crecimiento, que inhiben productividad, y que suelen ser pasadas por alto cuando analizamos la carretera completa. Es un trabajo de abajo hacia arriba, caso por caso, paciente y con prudencia. Empero el hecho es que nuestros empresarios dedican una gran cantidad de tiempo en la formalización de sus operaciones, en estar al día con los cambios recientes en la ley fiscal, o en subcontratar servicios como las fuentes alternas de energía eléctrica, o los servicios de seguridad privada (desde protección privada hasta un sistema básico de alerta), para poder transitar el camino económico.

 

Suele pasar, por lo mismo, sobre todo en casos chicos, que los agentes optan por la vía paralela de la informalidad. Esta es la problemática que debe atacar la simplificación: hacer del acto de prosperar una tarea fácil, baja en costo. El principal reto que encara esta tarea es, quizá, el diagnóstico de toda la clase política que vive de las trabas y trámites, de las piedritas en el camino. Este mercado de rentas subrepticias, de corrupción, se ha vuelto una forma de vida para muchos individuos que trabajan en la burocracia. Simplificar, por ende, también implica eliminar intereses especiales. Seguramente, habrá oposición (hasta no descartamos ¡una que otra manifestación!).

 

Nuestra economía ha sufrido mucho debido a los altos costos de transacción que le restan mucho tiempo y mucho más recursos a los emprendedores. Sin estos altos costos de oportunidad, habría oportunidad para generar empleos, para invertir en capital humano, o para descubrir nuevas formas de hacer más eficiente la operación de empresas—desde las transnacionales, hasta el changarro más humilde.

 

Para poder trabajar, primero hay que dejar trabajar. Ese es el imperativo capital de la simplificación.


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