Aquelarre Económico
Nov 16, 2006
Manuel Suárez Mier

Enseñanzas de la crisis de 1994

Si los movimientos antisistémicos como la APPO logran imponer su voluntad sobre la próxima administración, significaría que las condiciones de ingobernabilidad se profundizarían y extenderían al resto del país.

¿Cuáles fueron las causas de la crisis financiera de 1994 y bajo qué escenarios podría repetirse en las actuales circunstancias? Como concluí en mi Aquelarre Económico de ayer, el periodo previo al estallido de entonces y lo vivido este año tienen en común amenazas y presiones que no son de origen económico.

 

Estas incluyeron en 1994 asesinatos de políticos prominentes; la aparición de una guerrilla en Chiapas que militarmente resultó inofensiva pero que sembró inquietud en la sociedad; y, sobre todo, la pérdida de la brújula de un gobierno que se había caracterizado hasta entonces por su aplomo y claridad de metas.

 

Si a todo esto se suma un sistema cambiario de bandas y una abultada deuda pública de corto plazo en dólares, ciertamente la economía parecía vulnerable aunque no hizo crisis sino hasta que el Presidente entrante decidió violar la promesa del gobierno, hecha desde 1987, de evitar devaluaciones abruptas.

 

Se puede concluir que el gatillo de la crisis de ’94 fue el desencuentro entre autoridades salientes y entrantes con visiones radicalmente distintas del papel de la política cambiaria en la estabilidad del país y de su impacto sobre las expectativas y reacciones de la gente y de los mercados financieros.

 

Las diferencias con el escenario de hoy en el relevo gubernamental son muchas y vale la pena hacerlas explícitas:

 

·         El país no tiene la deuda de corto plazo denominada en moneda extranjera que tenía en 1994. De hecho, todos los compromisos externos del país están cubiertos hasta el final de 2007 y la deuda externa del sector público como proporción del PIB, neta de reservas internacionales, es muy modesta.

 

·         El desequilibrio en la cuenta corriente de la balanza de pagos, que en 1994 superaba el 5% del PIB y era motivo de preocupación, en este año se estima que será de apenas de 0.6% del PIB.

 

·         La política cambiaria es esencialmente distinta, al estar hoy en un régimen de libre flotación con interferencias mínimas de la autoridad monetaria.

 

·         No hay ningún desencuentro entre funcionarios entrantes y salientes en el manejo de los asuntos financieros, lo que garantiza que a este respecto no habrá sobresaltos.

 

·         El Presidente Felipe Calderón, a diferencia de Ernesto Zedillo, no abriga la intención de dictar el manejo de las finanzas ni de interferir en la política cambiaria. Queda claro de su discurso su firme propósito de delegar esas responsabilidades en las autoridades apropiadas, con Agustín Carstens y Guillermo Ortiz al frente de Hacienda y del banco central, respectivamente.

 

Entonces, ¿la solidez financiera y en la transición de equipos expuesta aquí indican que el blindaje de nuestra economía es hoy inexpugnable en cualquier escenario? Por desgracia, este no es el caso. La creciente violencia que prevalece en el país podría desembocar en una situación de ingobernabilidad.  

 

En su afán por “mantener la paz social,” para usar las palabras del Presidente Vicente Fox, el gobierno saliente dejó pasar impunemente innumerables violaciones a la ley y dejó crecer conflictos como el de Oaxaca, que plantean en estos días un reto frontal a las instituciones y al próximo gobierno.

 

Si los movimientos antisistémicos como la APPO, ahora ya en plena y abierta complicidad con el PRD y sus aliados, logran imponer su voluntad sobre la próxima administración, significaría que las condiciones de ingobernabilidad se profundizarían y extenderían al resto del país.

 

Ante una situación de esa naturaleza no hay blindaje financiero que valga. Por fortuna, el discurso de Felipe Calderón ha privilegiado siempre la restauración del orden y la paz, y la necesidad de hacer cumplir la ley. Para ello, cuenta con una plena legitimidad e instituciones que no se han usado cabalmente.

 

 



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