MIÉRCOLES, 3 DE ENERO DE 2007
Reforma Fiscal: El jardín de los senderos que se bifurcan

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“¿Para qué una reforma fiscal? ¿Para recaudar, y gastar, más? O ¿Para que el sostenimiento del gobierno sea resultado de aportaciones parejas y justas de todos los ciudadanos, que ni lastimen a unos en beneficio de otros, ni distorsionen u obstaculicen el florecimiento de la actividad económica?”


¿Para qué queremos una reforma fiscal?, ¿para que el gobierno recaude más y gaste más?, ¿para que disminuya el número de gorrones que reciben los beneficios del gasto público sin aportar a los ingresos del fisco?, ¿para definir de una vez por todas que los impuestos son para recaudar los ingresos indispensables para que el gobierno haga bien lo que tiene que hacer, y no para castigar a los “malos” y premiar a los “buenos” de la película?

 

Esto de la reforma fiscal es como el jardín de los senderos que se bifurcan, el famoso cuento de Jorge Luis Borges, en el cual el protagonista tiene que llegar a la meta – avisar a sus jefes dónde y cuándo será el ataque de las fuerzas enemigas, sin alertar a esos mismos adversarios- eligiendo en cada encrucijada el sendero adecuado, a la derecha o a la izquierda, que le conduzca al final del laberinto.

 

La primera previsión es que ahora sí habrá algo, con el concurso del Ejecutivo y del Legislativo, que podrá llamarse “reforma fiscal”. Esto ya es un avance notable respecto de la situación prevaleciente en el sexenio pasado, cuando el PRI – por las razones o las sinrazones que se quieran- apostó a que hacer fracasar dicha reforma abonaría a favor de su causa. No fue así y esa lección, elemental pero valiosa, ya se aprendió: No es buena estrategia política de largo plazo dinamitar los acuerdos.

 

Bien, demos por aprendida esa primera lección y demos por asumidas, especialmente por quienes dentro del PRI pueden decidir, sus consecuencias. Es un primer obstáculo salvado. Esencial, pero apenas el primero paso. El itinerario apenas comienza. A partir de aquí empiezan las encrucijadas que habrá de definir, a la postre, el resultado final.

 

Primera encrucijada: ¿Para qué una reforma fiscal? ¿Para recaudar, y gastar, más? O ¿Para que el sostenimiento del gobierno sea resultado de aportaciones parejas y justas de todos los ciudadanos, que ni lastimen a unos en beneficio de otros, ni distorsionen u obstaculicen el florecimiento de la actividad económica? La mayoría de los políticos, esgrimiendo como superstición falsamente científica esa falacia de que en México se pagan pocos impuestos – hermana de la falacia de que más gasto público es equivalente a mayor bienestar-, nos querrán vender el primer camino: “Hay que hacer la reforma fiscal para que recaudemos más y gastemos más”. Mentira y camino errado: Hay que hacer la reforma fiscal para que disminuya el número de gorrones que no pagan los impuestos que deben pagar y, por ende, disminuya la carga tributaria sobre las espaldas y el trabajo de quienes sí pagamos impuestos. Hay que hacer la reforma fiscal para corregir de una vez los múltiples engendros tributarios que persisten en México, como los gravámenes “especiales” para castigar tales o cuales actividades o consumos, las exenciones injustificadas, los tratos de favor o privilegio. Hay que hacer la reforma fiscal para simplificar el pago de contribuciones. Hay que hacer la reforma fiscal para que a todos quede claro para qué sirven los impuestos: Para sufragar los gastos necesarios para que el gobierno cumpla con su deber: Garantizar la seguridad de personas y propiedades; ejercer el legítimo monopolio de la violencia para hacer valer la ley; respetar y garantizar las más amplias libertades individuales; establecer un terreno parejo de juego, con libre competencia, sin monopolios o barreras a la libertad de consumo y de comercio.

 

Como puede verse en esta primera encrucijada de la reforma fiscal por venir hay toda una definición. Si tomamos el camino equivocado, y propugnamos tan sólo por aumentar la recaudación y, por ende, el gasto de los gobiernos (federal y locales), otra vez habremos desperdiciado una oportunidad preciosa para sacar a México del pantano de la mediocridad.

 

Y las encrucijadas apenas empiezan. Después, derivado del curso que se siga en ese primer cruce de caminos, deberemos enfrentar otras disyuntivas. Menciono las más relevantes, que, espero, podremos comentar en el futuro próximo:

 

- Disyuntiva entre barroquismo tributario y sencillez: La fuente de los gravámenes debe ser simple y en el mejor de los casos única y universal: la renta o el consumo. Nada más y nada menos.

 

- Disyuntiva entre castigar riqueza y trabajo o premiarlos: Jamás los impuestos deben desalentar o distorsionar la actividad económica libre; jamás los impuestos deben usarse para “modelar” a la sociedad, cual si el gobierno fuese la divina providencia recetando castigos y premios a unos y a otros. Las tasas deben ser bajas y parejas. Los gravámenes únicos. Lo demás es dirigismo y entrometimiento gubernamental.

 

- Disyuntiva entre proporcionalidad y equidad frente a progresividad y despojo. La Constitución señala claramente que los gravámenes deben ser proporcionales, jamás habla de que deban ser progresivos: Una tasa única es proporcional, porque hace pagar más a quien proporcionalmente consume más o genera más – dependiendo de la fuente que se decida establecer como raíz única de las contribuciones-, en cambio una estructura de tasas crecientes o progresivas – ya lo sabía Marx, que saludaba ese invento como preámbulo al despojo de la propiedad y de los medios de producción por parte del Estado omnipresente y opresivo- violenta los derechos de propiedad, estimula la simulación y la evasión tributarias, mata la productividad, premia a los incompetentes, maleduca a la sociedad en la vagancia y el abuso, estimula el parasitismo gubernamental y el desprecio al trabajo honesto.

 

• Reforma fiscal

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