JUEVES, 18 DE ENERO DE 2007
Ni muy muy, ni tan tan

La decisión de López Obrador de liberar al hijo del "Chapo" Guzmán recién capturado fue...
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El punto sobre la i
“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
H.L. Menken


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“El clima del debate puede ser un indicador del nivel de desarrollo. Padecemos un tipo de subdesarrollo mental que no permite salir adelante, o, incluso, que obstaculiza la creación de una cultura de innovación, de la soberanía del consumidor, de mayores libertades.”


Hay países pobres, y hay países ricos; y, lejos de los debates, la realidad es que la diferencia entre ambos descansa en dejar hacer, en margen de maniobra, en oportunidades individuales de crecimiento. En un concepto que se ha convertido clave para el análisis del desempeño económico: libertad económica.

 

El puesto que nos toca en el último índice de libertad económica, en la versión de este año, es típicamente mediocre: lugar 49 entre un universo de 157 países. Este ranking es muy superior al de, digamos, Corea del Norte o Cuba, mejor incluso que otros países en la región, como Argentina, pero inferior a Chile, y muy inferior a países como Singapur, o Canadá o Irlanda. Es claro que gozar de mayor libertad económica no es suficiente para el desarrollo, para mejorar el bienestar de los ciudadanos. Empero, hay una correlación bien sustentada en la realidad empírica: a mayor libertad económica, mayor bienestar.

 

Es, precisamente, en estos países donde se observa la innovación—desde los más sofisticados servicios financieros, hasta las novedades tecnológicas más impresionantes, o desde un servicio de primera altura, hasta una fuente de abasto alimenticio aparentemente interminable. En biotecnología, los avances dados en estas naciones, más libres que otras, implican alargar la mortalidad en formas inimaginables apenas hace una generación.

 

Todo esto se da, dentro de un complejo orden espontáneo, gracias a que individuos responden a los incentivos. Empero, la fuerza motriz es la satisfacción del consumidor. El productor compite, en forma feroz, para ganarse al consumidor. Unos países, con escasos recursos, se concentran en hacer ciertas cosas, y esas cosas las hacen muy bien; con lo cual pueden intercambiar esas cosas por otras que hacen en forma menos bien. Esa es la lógica del intercambio comercial, lógica que impera cuando existan dos (o más) individuos que buscan mejorar su condición humana.

 

Parece sencillo. No lo es. Pero el clima de debate puede ser un indicador del nivel de desarrollo que se pueda lograr en un país. Por ello, mientras el mundo se deslumbra por las innovaciones más recientes, los avances tan formidables en sofisticación tecnológica y satisfacción de las necesidades humanas, en la región latinoamericana debatimos si el gran anuncio del socialismo chapista tendrá futuro, si debemos procurar la auto-suficiencia de los alimentos básicos, si debemos usar los controles de precios para evitar altibajos en los productos, vaya, en síntesis, si la autarquía tiene futuro.

 

Este es el tipo de subdesarrollo mental que no permite salir adelante—o, incluso, que obstaculiza la creación de una cultura de innovación, de la soberanía del consumidor, de mayores libertades.

 

El caso del maíz, en este país, nos ha dado una nueva excusa para seguir dentro del sendero de la mediocridad, ni muy, muy, ni tan, tan. Hablamos de controles, de castigos, de los malditos especuladores, de proteger a los nuestros, de la gloria de la autarquía. Así, así seguiremos, en los mismos lugares que ahora, dejando grandes cantidades de recursos y de oportunidades sobre la mesa.

 

Preguntamos: ¿qué son más importantes, las importaciones o los exportaciones? Y preguntamos otra vez: ¿qué respuesta darían en Hong Kong, Singapur, Estonia, Irlanda, o Chile?

• Libertad económica

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