MIÉRCOLES, 9 DE NOVIEMBRE DE 2005
¿Fatiga global?

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Roberto Salinas







“Es verdaderamente surrealista que una actividad tan común, tan esencial dentro de la vida cotidiana, como lo es el comercio, sea objeto de tantos ataques tan ignorantes, tan virulentos, tan ideológicos.”


Parecería que el mundo se ha cansado de la integración comercial en los mercados internacionales. Parecería que vivimos una etapa de fatiga sobre la globalización, similar a la fatiga, hasta fobia, que ha sufrido la región latinoamericana en la última década. Este es el síntoma que se observó en la fracasada reunión del ALCA. Pero hubo otro síntoma, a la vez relacionado al fenómeno de fatiga: una profunda, hasta voluntaria ignorancia sobre los aspectos de expansión comercial, combinado con una profunda posición ideológica, sobre todo el macho, siempre popular, “anti-yanquismo” de los populistas latinoamericanos.

 

Un resultado muy visible de las reuniones, y de la fatiga correspondiente, es que a Fox “le fue en feria” por decir una verdad de sentido común: independientemente de todas las diferencias que podamos tener como naciones, como culturas, como individuos, si hay mas comercio, hay más bienestar. El resultado menos visible de la oposición a la apertura comercial en el hemisferio es, curiosamente, sobre los más damnificados de no abrirle las puertas al mayor intercambio comercial entre países: las clases que viven el la pobreza y la extrema pobreza.

 

Es verdaderamente surrealista que una actividad tan común, tan esencial dentro de la vida cotidiana, tan representativa de la palabra “economía,” (es decir, de economizar, de hacer más con menos en menor tiempo), como lo es el intercambio de una cosa por otra, sea objeto de tantos ataques tan ignorantes, tan virulentos, tan ideológicos. Pero este es, al parecer, la estampa de la globalización contemporánea.

 

Aun así, como apunta el semanario The Economist, a pesar de la fatiga global que se observa en estos momentos, la “apertura comercial, y otras formas de apertura, son hoy más necesarias que nunca.” El hecho es que la evidencia de los últimos cincuenta años refleja, en forma contundente, que los países que han derribado sus fronteras comerciales, han desarrollado un aumento espectacular en su nivel de vida—y en algunos casos, muy sonados, superando problemas de pobreza en tan solo una generación. Este es, después de todo, el objetivo del comercio: intercambiar cosas (bienes y servicios) que hacemos bien por cosas que hacemos menos bien, elevando, de esa forma, el nivel de vida.

 

Hasta los socialistas del nuevo siglo y los futbolistas cocainómanos dependen de esa actividad para mejorar su nivel de vida. Hasta los proyectos alternativos de nación tienen que hacer frente a la dependencia. Si todos los países fueran autónomos, auto-suficientes, no existiría la necesidad de economizar—y con ello, de intercambiar. El sueño marxista, de hecho, era superar la escasez, ya no como hecho económico, sino como condición del ser humano.

 

La mentalidad de ver el comercio como un juego de suma negativa, como un ganar o perder, de acuerdo a comparaciones infantiles de las balanzas comerciales, equivale a la idea, que un buen día algún perfecto idiota latinoamericano decida suspender navidades, ya que habría millones de consumidores que “sufrirán” una balanza negativa con tiendas, con los tianguis, con productores, con las departamentales, con todos aquellos que aspiren a satisfacer la demanda del consumidor.

 

Cuando el comercio es libre y voluntario una parte se beneficia sólo cuando la otra parte se beneficia. The Economist cita, al respecto, un famoso dicho de Samuel Johnson: si estamos “cansados” de esto, estamos, entonces, “cansados” de la vida misma.


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