JUEVES, 22 DE FEBRERO DE 2007
Enemigos únicos

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“Hay dos obstáculos que enfrenta una propuesta de reforma fiscal basada el la tasa única, uno oficial o formal, otro extra-oficial, o “off the record.” El primero es la objeción que un sistema de impuesto único no es progresivo. El segundo deriva de la amplia gama de intereses especiales que desaparecerían en un sistema de tasa única.”


Hay dos obstáculos que enfrenta una propuesta de reforma fiscal basada el la tasa única, uno oficial o formal, otro extra-oficial, o “off the record.” El primero es la objeción que un sistema de impuesto único no es progresivo.  El segundo deriva de la amplia gama de intereses especiales que desaparecerían en un sistema de tasa única.

 

Las grandes ventajas de un impuesto único son: es fácil, es predecible, es bajo, y es eficiente. No requiere de complicados análisis, del ejército de contadores y fiscalistas que las empresas y los individuos requieren hoy en día para sobrevivir entre el laberinto de las misceláneas. A la vez, elimina de golpe los complicados regímenes de exención, que han servido para beneficio de una manipulación constante, sujeto a múltiples interpretaciones por parte de la autoridad, generando métodos sofisticados para evitar (mas no “evadir”) el pago de obligaciones tributarias.

 

Sin embargo, existe la percepción que el impuesto único no es progresivo, ya que grava a las personas y a las empresas a la misma tasa, digamos, a un 20%, lo que implica una falta de “proporcionalidad” al no diferenciar entre las desigualdades de ingreso que se dan en la economía. En la batalla política por considerar la propuesta, volverán a surgir las voces acusando al gobierno de “pegarle a los pobres.”

 

Empero, la proporcionalidad no requiere de exenciones o tratamientos fiscales de acuerdo al nivel de ingreso. Se requiere una medida basada en el gasto: una exención del mismo tamaño para todos, digamos, a partir de un cierto número de salarios mínimos por año. De esta forma, entre más ingreso, más alta la tasa efectiva que entra en vigor. Para las familias que viven en la pobreza moderada y la pobreza extrema, habría una exención del 100%. Para los individuos en clase media, habría una tasa efectiva baja, y sencilla. Para la gente que percibe mayores ingresos, la tasa efectiva final sería mucho más alta, ya que la gran mayoría de los recursos percibidos estarían sujetos al gravamen.

 

Aquí es donde surge la importancia del segundo obstáculo mencionado. La idea de un sistema único, combinado con una exención fija general, implica un aumento bastante importante en la tasa efectiva final que pagan los individuos de mayores ingresos, es decir, aquellos que se benefician de la red de exenciones, deducciones, créditos, y tratamientos especiales, que hoy existen en nuestro sistema fiscal.

 

Al eliminar tratos especiales, ya no habría oportunidad para aprovecharse de otros contribuyentes, para explotar el famoso “free-rider” fiscal.

 

Si una empresa o individuo invierten en todo un despacho especial, deducible de impuestos además, para asegurar que la tasa efectiva que paga es menor a la tasa nominal, un sistema de impuesto único significará un aumento, nada despreciable, en la nueva tasa efectiva final. La oposición, por ende, no nacería del desconocimiento de los beneficios del impuesto único, sino, como suele pasar, en la desaparición integral de los privilegios fiscales vigentes.

 

Sin duda, se trata de un obstáculo monumental.

• Reforma fiscal

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