JUEVES, 15 DE MARZO DE 2007
Al Gore, otra verdad inconveniente

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“La inflación no es una catástrofe de la naturaleza ni una enfermedad. La inflación es una política.”
Ludwig von Mises

Henry Miller









“No es fácil tratar con gente que sufre trastornos de personalidad narcisista. Son jefes infames, parientes y vecinos insoportables. Por eso, no quiero que Al Gore llegue a la presidencia ni se mude al lado de mi casa.”


Stanford, California (AIPE)- La más reciente polémica respecto a Al Gore es el extravagante consumo de electricidad y gas en su mansión principal, en Nashville. Sólo en ésta de sus varias residencias, el ex vicepresidente de Estados Unidos consumió 20 veces lo consumido por el promedio de las casas.

 

Varios comentaristas se refirieron a la hipocresía de un personaje que está todo el tiempo predicando a los demás qué tienen que hacer para ahorrar energía.

 

Recordemos su apasionada intervención en la convención nacional del Partido Demócrata en 1996, cuando se comprometió a luchar hasta lo último contra las tabacaleras porque su hermana había muerto, 12 años antes, de cáncer del pulmón. Sin embargo, cuando estaba en campaña para la nominación de su partido a la vicepresidencia, en 1988, Al Gore decía a los cultivadores de tabaco que él era prácticamente uno de ellos y que sentía en su corazón el mismo interés de todos ellos.

 

Quizás, como médico, yo puedo dar una explicación de por qué Al Gore no cree que él debe ser juzgado bajo las mismas normas aplicadas a los demás. En base a lo que dice, hace y escribe desde hace años, pienso que sufre de trastornos de personalidad narcisista.

 

Como lo describe la biblia de la psiquiatría, “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder” (Manual de diagnóstico y estadística de desórdenes mentales), “un patrón omnipresente de grandiosidad, la necesidad de ser admirado, falta de compenetración, comenzando en la juventud y presente en una variedad de situaciones” y demostrados de la siguiente manera: “un grandioso sentimiento de importancia, exagerando sus propios logros y talentos, esperando ser reconocido como ser superior, sin los logros que lo justifiquen”.

 

Con inusitada frecuencia, Al Gore muestra sus delirios de grandeza. ¿Quién puede olvidar su pretensión de haber jugado un papel decisivo en la creación de la Internet? Pero más complejos y serios son sus delirios sobre temas tecnológicos y ambientales. Como diputado, senador y vicepresidente asumió posiciones en contra de los avances tecnológicos y en sus escritos a menudo manifiesta que la ciencia y la tecnología atentan contra “el mundo natural” y, por consiguiente, contra el bienestar y progreso de la humanidad.

 

“Preocupado con las fantasías de su éxito ilimitado”. Las fantasías abundan en los libros de Al Gore, como “Earth in the Balance” (La Tierra en la balanza), donde asume que solamente él tiene las soluciones a los problemas de la humanidad. Cuando ejerció la vicepresidencia trató de acabar en gobierno federal con toda discrepancia o crítica a sus ideas, lo cual nos recordaba los excesos paranoicos del gobierno de Nixon.

 

“Requiere constante admiración”. Al Gore ha pasado casi toda su vida en la política, rodeándose de aduladores.

 

“No reconoce los sentimientos y necesidades de los demás… demostrando arrogancia”. Como senador, Al Gore se conocía por su falta de respeto e insolencia en las indagaciones públicas del Congreso. Uno de sus frecuentes trucos (del cual yo fui una vez víctima) es que hacía una pregunta y, mientras le contestaban, él se volteaba a hablar con la persona sentada a su lado.

 

El libro y la película “Una verdad inconveniente” aportan múltiples ilustraciones de los trastornos diagnosticados aquí y del empeño de Al Gore de desconectar al hombre de la naturaleza: “si no fuera por la separación de la ciencia y la religión –se lamenta— seguramente no estaríamos lanzando tanta basura química a la atmósfera ni amenazando acabar con el equilibrio climático de la Tierra”. Por el contrario, gracias a la separación de la ciencia y la religión sabemos que la Tierra no es el centro del universo.

 

A lo largo del libro, Al Gore insiste en el carácter siniestro de aquellos que creen en los avances tecnológicos, ensucian la atmósfera y son los mismos que causaron el holocausto durante la Segunda Guerra. Gente siniestra que utiliza “aire acondicionado, luces fluorescentes, alimentos congelados, hornos de microondas…”

 

No es fácil tratar con gente que sufre trastornos de personalidad narcisista. Son jefes infames, parientes y vecinos insoportables. Por eso, no quiero que Al Gore llegue a la presidencia ni se mude al lado de mi casa.     

 

___* Médico y académico de Hoover Institution, Universidad de Stanford.

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