LUNES, 9 DE ABRIL DE 2007
Un poquito de coherencia, por favor

¿Usted cree que la economía mexicana crecerá este año 2% como asegura López Obrador?
No
No sé



“La banca central solo puede decidir entre uno de tres caminos posibles: a qué tasa contraer, a qué tasa expandir o dejar inalterada la base monetaria.”
Alberto Benegas Lynch (h)

Juan Pablo Roiz







“La coherencia, dice el diccionario, es la actitud lógica y consecuente con una posición anterior. La coherencia existe y es deseable porque existen, al menos, tres primeros principios incontrovertibles: Lo que es, es. Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. No hay efectos sin causa”


Uno de los tipos más incoherentes que he conocido en mi vida solía repetir “no hay que creernos nuestras propias mentiras”. El pobre había mentido tanto en su vida que ya ni sabía si creía o no en su propia frase célebre, porque ya no podía distinguir, observándose a sí mismo, cuándo mentía y cuándo no. A su manera, llevó al extremo cierto escepticismo radical y utilitario y lo mismo lo recuerdo como fervoroso promotor de las visitas del Papa Juan Pablo II a México que como ardoroso propagandista de la promiscuidad sexual, todo dependiendo del provecho que, en cada momento y lugar, le reportase su fingimiento.

 

Algo así parece haber detrás de una beligerante agrupación que, en medio de las inacabables discusiones acerca de la despenalización o no del aborto, se ha lanzado al ruedo de la opinión pública con este fantástico nombre: “Católicas por el aborto”.

 

Lo que sigue, supongo, es “adúlteros por la fidelidad matrimonial”, “liberales por la estatización de los medios de producción”, “prostitutas por la castidad”, “marxistas por el libre mercado” y “narcotraficantes por la legalización de las drogas” (con todo respeto, si el lector no entiende la incoherencia de la última denominación, y aún es tan candoroso como para creer que al narcotráfico le conviene la legalización de las drogas, le ruego suspender la lectura aquí; no nos vamos a entender).

 

La denominación “Católicas por el aborto”  parece otra manifestación del escepticismo radical a la Poncio Pilatos; recuérdese la célebre frase de ese burócrata del imperio romano: “¿Qué es la verdad?”, al tiempo que se lavaba las manos. Se trata, en todos los casos - el de mi desdichado conocido, el del famoso Poncio, y el del puñado de las sedicentes católicas por el aborto- , de un escepticismo profundamente utilitario: “Es mejor que no haya tal cosa como la verdad, porque entonces tendría que renunciar a la incoherencia”.

 

La coherencia, dice el diccionario, es la actitud lógica y consecuente con una posición anterior. La coherencia existe y es deseable porque existen, al menos, tres primeros principios incontrovertibles: Lo que es, es. Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. No hay efectos sin causa.

 

Decía un sabio maestro que la diferencia entre un psicótico y un neurótico consiste en que el primero se cree Dios y actúa en consecuencia, en tanto que el segundo sabe que no es Dios pero eso le da mucho coraje y actúa inconsecuentemente. Todos somos un poco neuróticos; hay veces que decidimos que “hoy no puede llover”, dejamos el paraguas en la casa, y si acaso la terca realidad nos desmiente – y llueve- nos mojamos culpando a alguien más de nuestra imprevisión: al neoliberalismo, al calentamiento global, a la invasión a Irak, a los policías corruptos, a los meteorólogos incompetentes, a nuestra mamacita que nos dio la espalda en lugar del pecho o al jefe que es un déspota desconsiderado.  En cambio, el loco que no lo es de grado – explicaba el Quijote, un loco que sí lo era por gusto-, es decir el psicótico, es totalmente lógico y consecuente, ése – el loquito de veras- no anda buscando acomodar en el discurso lo que es incompatible en la lógica más elemental; en lugar de proclamarse “católico o evangelista o judío a favor de la exterminación del prójimo” funda una nueva religión en la cual, precisamente, la exterminación del prójimo es el primer mandamiento.

 

Las católicas por el aborto son, en este sentido, neuróticas por el aborto. Quieren repicar y andar en la procesión. Les da miedo renunciar al calorcito eclesial – a la pertenencia a un grupo aceptado en su entorno social- pero tampoco están dispuestas a cumplir las reglas de tal grupo. Hasta las chicas exploradoras tienen reglas; por ejemplo, no se sabe de exploradoras por la destrucción de la naturaleza. El aborto es incompatible con cualquier religión judeo-cristiana o islamista. Si te proclamas católico lo menos que puedo esperar es que no proclames, inmediatamente después, que el Papa es la encarnación del mal o que el amor al prójimo es una mamarrachada. Entonces, ¿por qué hacer ostentación arrogante de la incoherencia proclamándose “católicas por el aborto”?

 

Me parece que habría dos razones que nos pueden ayudar a entender esta brutal incoherencia: 1. El miedo atávico a pensar y decidir por cuenta propia y asumir las consecuencias de la libertad. Siempre es tranquilizador que el cura nos de permiso o nos aconseje hacer esto o aquello. Tal vez estas mujeres desean que el cura les de permiso para abortar así como les da permiso para vestirse así o asado o les dispensa de ir a la misa del domingo porque “¡ay, padre!, ¡no se imagina la migraña que traigo!”. Lejos de estas personas la perniciosa costumbre de tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias – económicas, sociales, morales – de sus actos o de sus omisiones. Para nadie es un secreto que multitud de personas viven apegadas a una religión – al menos a los símbolos externos de esa religión- del mismo modo que algunos vivimos apegados a ciertos hábitos irracionales y más o menos supersticiosos (no pisar las rayas del piso porque trae mala suerte, encender un cigarro después de comer, jalarse la oreja derecha con el pulgar y el índice antes de cruzar una calle), no por una decisión racional y deliberada, en la que se han sopesado los puntos a favor y en contra, sino por el calorcito emotivo y tranquilizador que da, en las noches de tormenta, sentir que el cielo no está vacío. Prefiero mil veces, en este sentido, a las agnósticas por el aborto o a las nazis por el aborto o a las independientes por el aborto…Cuando menos no andan proclamando a los cuatro vientos la incoherencia absoluta y cuando menos no tienen miedo a tomar las riendas de su vida y asumir las consecuencias de sus actos.

 

2. La otra razón es propagandística. Los promotores del aborto saben que las iglesias, no sólo la iglesia católica, representan todavía una fuerza formidable. Al igual que el muy abusado Antonio Gramsci entienden que la única manera de conquistar las mentes y los hábitos de pueblos profundamente religiosos – ejemplos católicos: el italiano, el español, el nicaragüense, el polaco, el irlandés, el mexicano- es ir sustituyendo gradualmente la sabiduría popular impregnada de doctrinas y creencias religiosas por otra suerte de sabiduría popular (dichos, canciones, fiestas, costumbres, vestidos, tradiciones) igualmente emotiva y hasta con parafernalia religiosa (liturgia y ritos) pero acorde a otros valores. En lugar de arriesgarse a un enfrentamiento brutal con la religión – y entrar a los peliagudos terrenos del miedo al infierno, por ejemplo- lo ideal sería conseguirse el aval de la iglesia para el aborto y ¡santas pascuas! Como no está nada fácil conseguir ése aval, ¿qué nos impide fabricarnos unas credenciales espurias para tranquilizar a cobardes e incautos con la leyenda: “Puedes abortar sin perder tu pase al cielo”?

 

• Aborto

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