El Econoclasta
Ago 10, 2007
Isaac Katz

Una mala idea

El que quiera usar su automóvil, que le cueste, incluyendo los costos externos.

No hay duda que en los últimos seis años la calidad del aire en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México se ha deteriorado. La mayor cantidad de automóviles particulares junto con un pésimo sistema de transporte público al cual no se le invirtió un centavo y con prácticamente la misma área disponible para que circulen los automotores, derivó en una mayor cantidad de contaminantes arrojados a la atmósfera, así como una mayor congestión vehicular. Con este antecedente y utilizando una “consulta popular” pésimamente diseñada y elaborada, sin ningún sustento estadístico sólido, el gobierno del Distrito Federal anunció que el programa “hoy no circula” se aplicará también los sábados. Esta es una pésima idea que no resolverá el problema de contaminación y congestión con el que vivimos en esta ciudad de la desesperanza. Restringir por decreto el uso del automóvil no altera de manera eficiente las decisiones que los individuos toman en el margen sobre la intensidad (kilómetros recorridos) con la cual utilizan su vehículo y sí reducen de manera significativa su nivel de bienestar. Resolver de manera eficiente los problemas que se derivan del uso de automóviles requiere modificar los incentivos que enfrentan los individuos.

 

Partimos del principio que para el poseedor de un automóvil su uso es un “bien”, es decir le deriva satisfacción. Simultáneamente, para este individuo la contaminación y la congestión en las vías para circular son un “mal” es decir, entre más contaminación y congestión haya menor va a ser su bienestar. Esto implica que si el individuo poseedor de un automóvil se enfrenta a una mayor cantidad de estos “males”, para compensarle, deberá obtener una mayor satisfacción por el uso del vehículo, misma que se obtiene utilizándolo de manera más intensiva. Por otra parte, cuando un individuo utiliza su automóvil genera sobre el resto de la sociedad un costo por arriba de los costos en los que el propio automovilista incurre (gasto en gasolina, aceite, depreciación del vehículo, etcétera) es decir, utilizar el automóvil genera una externalidad negativa. Resolver de manera eficiente ésta requiere que el automovilista que la está generando internalice los costos y esto se logra cambiando los precios relativos que enfrentan los automovilistas.

 

Primero es indispensable incrementar el costo directo en el que incurren los individuos cuando usan su automóvil y la manera más eficiente para ello es aumentar el precio de la gasolina. Esto se puede complementar con un cobro directo al automovilista por ingresar a determinadas zonas de la ciudad, tal como se hace en Londres o por utilizar determinadas vías primarias de circulación durante las horas pico del día. Habiendo aumentado los costos directos de utilizar el automóvil particular, esto se tiene que conjuntar con un abaratamiento del transporte público, no a través de una reducción de las tarifas sino a través de una mayor calidad del servicio: más líneas del Metro, líneas de ferrocarril suburbano, sustitución acelerada de los “peseros” por autobuses de mayor calidad que los que ahora circulan, más seguridad para los pasajeros que utilizan este transporte, etcétera.

 

El que quiera usar su automóvil, que le cueste, incluyendo los costos externos.



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