Pesos y contrapesos
Ago 10, 2007
Arturo Damm

Cielos cerrados

¿Que abrir los cielos a la participación de todos, nacionales o extranjeros, supondría que las empresas mexicanas tendrían que volverse más competitivas? ¡Claro que sí, ¿y que hay de malo en ello?! ¿Que las que no lo logren tendrían que desaparecer? ¡Por su puesto! Una economía competitiva supone empresas competitivas, y el único camino hacia la competitividad es la competencia.

Recientemente Luis Téllez, secretario de Comunicaciones y Transportes, declaró lo siguiente: “El gobierno de los Estados Unidos ha planteado la posibilidad de que en México abramos los cielos. Sin embargo, - continuó el funcionario -, el Presidente Felipe Calderón dio instrucciones para no hacerlo. Esta será – concluyó el secretario -,  la posición del Gobierno Federal para los próximos seis años”.

 

Lo anterior quiere decir que el gobierno no permitirá, en los cielos del territorio nacional, la competencia de aerolíneas estadounidenses, mismas que seguirán dando (por poner un ejemplo) el servicio Ciudad de México – Houston, pero no el correspondiente a Ciudad de México – Veracruz, rutas intranacionales que seguirán siendo “cotos de caza” de las aerolíneas mexicanas, lo cual va en contra de los intereses de los consumidores, a quienes nos conviene la mayor competencia posible entre oferentes, competencia que, en la medida en la que el gobierno impide la participación de determinados oferentes, se limita, tal y como sucede, por obra y gracia de la política de cielos cerrados, en materia de aerotransporte.

 

Es cierto, a últimas fechas la competencia en la materia ha aumentado con el surgimiento de las aerolíneas de bajo precio, todo ello en beneficio del consumidor. Sin embargo, en la medida en la que el gobierno impide la participación de algunos posibles participantes, nacionales o extranjeros, limita la competencia, impidiendo que se alcance la mayor posible. ¿Que abrir los cielos a la participación de todos, nacionales o extranjeros,  supondría que las empresas mexicanas tendrían que volverse más competitivas? ¡Claro que sí, ¿y que hay de malo en ello?! ¿Que las que no lo logren tendrían que desaparecer? ¡Por su puesto!, sin olvidar que en ello consiste el progreso: lo bueno sustituye a lo malo, y lo mejor a lo bueno, tal y como lo enseñó Schumpeter (en fecha ya lejana como lo es el año 1912, en el que publicó su Teoría del desarrollo económico), quien acuñó el término “destrucción creativa”. (¿Cuántos políticos, gobernantes y legisladores conocen y entienden éste importante concepto, y cuántos de ellos están dispuestos a actuar en consecuencia?)

 

No hay que olvidar que desde los tiempos de la campaña electoral Calderón dijo que la prioridad económica para el periodo 2006 – 2012 es lograr una “economía competitiva”, y que en su proyecto Visión 2030 afirma que “hacia el 2030 los mexicanos vemos (…) una economía altamente competitiva…”. Así deberá ser. La pregunta es si realmente lo será.

 

Una economía competitiva supone empresas competitivas, y el único camino hacia la competitividad es la competencia. ¿Qué es lo primero que el gobierno debe hacer en favor de la competitividad? Abrir todos los sectores de la actividad económica a la participación de todo aquel, nacional o extranjero, que quiera participar, apertura que, por lo menos en lo que al aerotransporte se refiere, tendrá que esperar hasta después del 2012.

 

El secretario afirmó estar “totalmente (…) convencido que hasta que no haya en México una industria consolidada, una industria sana; empresas que estén operando con números negros; empresas que tengan flujos de operación que les permitan invertir para modernizarse, para mejorar sus formas de operación, no vamos a tomar ninguna medida al respecto”. La primera pregunta que debemos hacernos es si, con menor competencia de la que sería posible con una política de cielos abiertos, las empresas mexicanas se esforzarán por llegar a ser lo más productivas y competitivas posible. Si no lo han hecho en tantas décadas de cielos cerrados, ¿qué nos hace pensar que lo harán en el futuro? ¿No sería mejor ponerles una fecha límite a partir de la cual, en beneficio de los consumidores, ¡con todo lo que ello significa!, la competencia fuera la mayor posible?



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