MIÉRCOLES, 24 DE OCTUBRE DE 2007
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“¿Por qué seguimos obsesionados con evitar la realidad? Ésta, por lo pronto, nos ha alcanzado—y nos lo seguirá haciendo en la medida que no busquemos qué hacer para vivir mejor.”


Milton Friedman decía que para abatir exitosamente la pobreza, los países emergentes deben copiar no lo que países ricos hacen hoy, sino lo que hicieron anteayer, para salir del subdesarrollo. Esta astuta ironía se puede leer como una advertencia de ignorar las premisas convencionales (aumentar ingresos, regular las industrias claves, o la eterna favorita, “homologar normatividades”) y retomar los principios básicos del desarrollo: simplificación, competencia, estabilidad de la unidad de cuenta, derechos de propiedad bien definidos, y demás criterios.

 

¿Sería demasiado pedir la aplicación de esta distinción a casos de atraso, por no decir deterioro, como lo es la energía nacional, las leyes laborales, incluso los programas generales para mitigar la pobreza? Sin duda ha sido demasiado.

 

El argumento para mantener el statu quo, a pesar de la enorme evidencia empírica en contra del mismo, es que este define la esencia de la patria, de la polis mexicana, de la identidad nacional. Benjamín Constant hubiera dicho: es como el concepto de libertad antigua, donde dejamos en la deriva derechos individuales y la lógica del comercio, para convertirnos en guerreros post-modernos, dignos de nuestro usocostumbrismo, defensores orgullosos de la soberanía nacional, de  las conquistas laborales, en todo momento, llueve o truene.

 

El resultado neto en la realidad está a la vista: exportamos mano de obra en una forma creciente, mientras nos hemos acostumbrado a celebrar crecimiento económico de apenas 3.7%. Y, según se empieza a admitir, seremos importadores netos de crudo en una década. ¿Soberanos? ¿O perfectos idiotas?

 

Hace unos años, los economistas David Dollar y Aart Kraay demostraron, con amplia evidencia empírica (evidencia en los hechos, no en la víscera, menos en el voluntarismo político), que los requisitos del alto crecimiento sostenido y el esfuerzo para mejorar las condiciones de los más pobres, no representan objetivos encontrados. Si aumenta la riqueza de un país, aumenta el ingreso de los actores que menos tienen—independientemente de los efectos que tenga el aumento del nivel de vida general en la distribución del ingreso.

 

Ésta, de hecho, también tiende a mejorar—ciertamente más que el entorno económico caracterizado por los dogmas, los nacionalismos falsos, los fantasmas del proto-zapatismo primitivo.

 

Si tanto nos preocupa abatir la pobreza, como alegan los falsos apóstoles de la soberanía nacional, ¿por qué no adoptar las recomendaciones de personajes como Hernando de Soto, que buscan potenciar a los que menos tienen no con una dádiva o un paliativo financiero, sino con los instrumentos para hacer negocios o para generar riqueza? Vaya, hasta las Naciones Unidas ha operado un programa, llamado “legal empowerment of the poor,” que busca dotar a los más pobres con los medios institucionales, como los derechos de propiedad, que les permita crear riqueza por sí mismos en forma permanente y constructiva.

 

¿No? ¿Tampoco es aceptable? ¿Por qué seguimos obsesionados con evitar la realidad? Ésta, por lo pronto, nos ha alcanzado—y nos lo seguirá haciendo en la medida que no busquemos qué hacer para vivir mejor.

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