De capital importancia
Nov 28, 2007
Roberto Salinas

Una crisis mental

La crisis reside en decir, o que no se puede por motivos de soberanía nacional, o que no se puede porque si bien estos cambios son deseables, más no posibles, o que no se puede por cualquier otra fuente de subdesarrollo mental.

Se acercan las épocas navideñas—y con ello, las especulaciones de lo que se dará en el futuro, tanto el año venidero como el segundo año del nuevo gobierno. Estas especulaciones, sobre todo en tiempos decembrinos, giran alrededor del tema de una crisis económica: ¿habrá o no crisis el año entrante?

 

En parte, esta interrogante nace de los fantasmas del pasado—promesas que se dan exactamente al revés, errores de diciembre, expectativas frustradas. Sin embargo, uno de los ingredientes de la estabilidad de precios observada en los últimos años es, entre varios beneficios, un fenómeno de normalidad cambiaria. Todos los días, la paridad se mueve, ya sea para arriba o para abajo. Es un esquema de mini-devaluaciones y mini-revaluaciones, que se dan todos los días del año.

 

En este sentido, el temor de una crisis económica no puede ser de tipo cambiario, o de carácter macroeconómico. Si bien la tendencia alcista de la inflación representa uno de los principales problemas para el banco central, sabemos que probablemente se situará en el rango de tolerancia que fijan las autoridades centrales, o sea, alrededor de 4% anual. El temor de crisis es, más bien, un temor derivado de la posible desaceleración de actividad económica estadounidense—y cómo, por estar atados al ciclo norteamericano, nos puede impactar en la economía nacional.

 

No hay duda que habrá desaceleración económica al norte de la frontera. Más bien, la pregunta clave es si esa desaceleración se dará por medio de una recesión, o sea, una caída en el producto nacional estadounidense. Desde que la crisis de las hipotecas, y desde sus consiguientes impactos en los mercados crediticios, varios especialistas estimaban que habría una disminución en el consumo (ingreso disponible) del actor estadounidense, muy probablemente a mediados del año entrante.

 

Sin duda, esto impactaría a nuestra economía, sobre todo por el lado de los bienes de exportación. Empero, sabiendo que viene una desaceleración probada, hasta una caída posible, el verdadero reto para la economía mexicana es renovar, con un fuerte sentido de urgencia, la necesidad de los cambios estructurales que se requieren, tanto para atraer las inversiones directas, como para disminuir el alto costo de transacción de operar en nuestro país.

 

Ello implica, sabemos todos, cambios en la legislación laboral, transformaciones en el sector energético (antes de que nos convirtamos en importadores de crudo), cambios en el sistema jurídico que inspiren confianza en el sistema judicial para proteger derechos de propiedad, para hacer valer los contratos, para combatir la corrupción.

 

La verdadera crisis, en este sentido, es el conformismo, por no decir cinismo, de que “no se puede.” No hay crisis macroeconómica a la vista. Y, sabemos que se requiere para minimizar los efectos de un ciclo norteamericano a la baja. La crisis reside en decir, o que no se puede por motivos de soberanía nacional, o que no se puede porque si bien estos cambios son deseables, más no posibles, o que no se puede por cualquier otra fuente de subdesarrollo mental.

 

Sí se puede—y hay varios ejemplos, al sur de la frontera incluso, que demuestran que querer, es, ahora o en el largo-plazo, poder.



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