LUNES, 24 DE DICIEMBRE DE 2007
Regalo navideño para los consumidores

¿Usted participará en la consulta sobre la construcción del nuevo aeropuerto en la ciudad de México?
No



“Si imprimir dinero ayudase a la economía, falsificar moneda debería ser legal.”
Brian Wesbury

Arturo Damm







“No faltará quien diga, comenzando por los empresarios, quienes con la apertura total y definitiva de la economía se verían sujetos a la competencia, o a más competencia, que la misma traería consigo un consecuencia nefasta: dejaríamos de producir para importar y, en el extremo, dejaríamos de producir todo para importarlo todo, algo que, a la mayoría, le parece una maldición cuando, bien vistas las cosas, resultaría ser lo contrario: una bendición.”


¿Qué mejor regalo podríamos esperar los consumidores que más y mejores opciones de consumo? ¿Quién puede hacernos tal presente? ¿Santa Claus? No. ¿Los Reyes Magos? Tampoco. Entonces, ¿quién? Los legisladores, en cuyas manos está darnos a los consumidores ese regalo, ¡más y mejores opciones de consumo!, sin olvidar, uno, que la actividad económica terminal es el consumo y, dos, que todos somos consumidores.

 

¿Qué deben hacer los legisladores para darnos, a todos los consumidores, el mejor regalo que cualquier consumidor puede esperar: más y mejores opciones de consumo? Muy sencillo. En primer lugar, eliminar cualquier ley o reglamento que prohíba la participación, de cualquiera, nacional o extranjero, en cualquier sector de actividad económica, y en cualquier mercado, para lo cual hay que comenzar por borrar de la Constitución su capítulo económico, artículos 25 al 28, texto que, desde el punto de vista de la ciencia económica está lleno de errores y que, desde la perspectiva de la lógica, está plagado de contradicciones. En segundo término deben escribir un nuevo capítulo económico de la Constitución, entre cuyos artículos debe haber uno redactado en los siguientes términos: “En pleno reconocimiento y respeto de la libertad y la propiedad, a ningún ser humano, mexicano o extranjero, se le prohibirá participar en cualquier sector de la actividad económica, o en cualquier mercado, produciendo, distribuyendo o comercializando bienes y servicios. Este derecho es inalienable, razón por la cual nadie debe limitarlo, mucho menos eliminarlo”.

 

Llegados a este punto no faltará quien diga, comenzando por los empresarios, quienes con la apertura total y definitiva de la economía se verían sujetos a la competencia, o a más competencia, que la misma traería consigo un consecuencia nefasta: dejaríamos de producir para importar y, en el extremo, dejaríamos de producir todo para importarlo todo, algo que, a la mayoría, le parece una maldición cuando, bien vistas las cosas, resultaría ser lo contrario: una bendición. ¡Imagínense poder importarlo todo sin necesidad de producir algo o, dicho de otra manera, poder comprarlo todo sin necesidad de trabajar, sin necesidad de generar un ingreso, es decir, sin necesidad de ofrecerle, a quien nos vende las mercancías que necesitamos, nada a cambio! Díganme si no sería una bendición, misma que resulta imposible, por una razón muy sencilla: las importaciones hay que pagarlas, y se pagan, al final de cuentas, con exportaciones, que suponen producción.

 

Las importaciones hay que pagarlas con dólares, dólares que se obtienen a cambio de las exportaciones, exportaciones que son bienes o servicios producidos en el país, producción hecha en México con la cual se pagan las mercancías importadas. ¿Será que, si se lleva a cabo la apertura total y definitiva de la economía mexicana, vamos a dejar de producir todo para importarlo todo? Insisto: ¡ojalá y se pudiera, ya que sería tanto como vivir sin trabajar! Desafortunadamente no se puede, y si queremos importar hay que exportar, es decir, producir.

 

Aclarado el punto, la pregunta que debemos hacernos es ¿por qué los consumidores seguimos pagando los platos rotos de un esquema que, si bien es cierto, supone más apertura y competencia en comparación con lo que teníamos hace algunas décadas, deja todavía mucho que desear, limitando, tanto en cantidad, como en calidad, nuestras opciones de consumo? ¿Por qué los legisladores no nos dan el regalo de más y mejores opciones de consumo? Es más, ¿por qué los legisladores no hacen suya la causa de los consumidores, sobre todo si recordamos que la actividad económica terminal es el consumo y que todos somos consumidores? Buena pregunta, ¿no?


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