MIÉRCOLES, 9 DE ABRIL DE 2008
Los costos del nacionalismo salvaje

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“El costo de oportunidad de nuestro nacionalismo salvaje es altísimo. En nombre de una soberanía de pura fantasía revolucionaria, estamos exportando valiosas oportunidades de desarrollo a otros países, privando a los nuestros de bienestar futuro, y presente.”


A principios de los 90s, el economista Rogelio Ramírez de la O desarrolló un estudio sobre los impactos de la apertura norteamericana en la economía mexicana. La conclusión más llamativa de este estudio es que nuestro país presenciaría un crecimiento acelerado del déficit de cuenta corriente, como consecuencia del cambio en estructuras económicas.

 

La hipótesis se hizo realidad. Ramírez de la O, sin embargo, explicaba que una forma de enfrentar esta consecuencia, sin necesariamente generar las distorsiones de una crisis en la balanza de pagos (algo que se dio casi al pie de la letra), era crear un clima de inversión atractivo, que lograra atraer flujos de largo-plazo, suficientes para financiar el crecimiento del déficit corriente.

 

Una de sus conclusiones más importantes, publicadas en ese entonces, es que en la ausencia de una liberalización significativa de los “sectores financiero y energético,” no tendríamos capacidad de capturar los flujos permanentes, y estructuralmente seguros, para financiar la expansión del déficit de cuenta corriente asociado con los primeros efectos de la apertura comercial.

 

Este nos pareció un punto importante. Quizás podamos reformular la tesis, en el contexto del debate energético, diciendo que una participación de la inversión privada en el sector energético sería una fuente importante de inversión productiva a largo-plazo. En la refinería, por ejemplo, podríamos estar captando hasta 7 mil millones de dólares anuales en inversión. La forma de canalizar la inversión, sin lastimar sensibilidades nacionalistas, sería uno de los retos de este tipo de reforma.

 

Ahora, Ramírez de la O considera que los escenarios pesimistas del diagnóstico oficial sobre las condiciones del sector energético son “argumentos ilógicos,” sobre todo a la luz de la extraordinaria renta petrolera que estamos captando.

 

Pero los argumentos distan mucho de ser ilógicos. De hecho, en ausencia de un esquema más parecido a la norma internacional, que combine la “propiedad nacional” de los recursos con inversión privada, tendremos que vivir con la posibilidad de convertirnos en importadores de crudo en una generación—sino es que menos.

 

Probablemente es cierto que podemos vivir con reservas probables, sin tener que invertir en su exploración y en las tecnologías de extracción. Lo que es verdaderamente ilógico, sin embargo, es el nacionalismo salvaje de los políticos que no reconocen que estamos dejando grandes oportunidades de inversión, desarrollo y bienestar sobre la mesa.

 

En términos económicos, el costo de oportunidad de este nacionalismo salvaje es altísimo. En nombre de una soberanía de pura fantasía revolucionaria, estamos exportando valiosas oportunidades de desarrollo a otros países, privando a los nuestros de bienestar futuro, y presente—inversión, tecnología, capital humano, y la ventana histórica de poder consolidar una reserva petrolera muchísimo mayor de lo que hoy podríamos calcular.

 

Además, tendríamos que enfrentar el deterioro acelerado del sector petrolero. Ello no tiene nada de “ilógico,” si acaso, el diagnóstico fue incompleto, en no subrayar toda la riqueza potencial que estamos dejando de transformar en riqueza real, por culpa de este nacionalismo salvaje.

• Petróleo

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