VIERNES, 18 DE ABRIL DE 2008
¡...y los veneros de petróleo el diablo! (II)

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“La barrera infranqueable del ejercicio de los derechos de cada cual deben ser los derechos de los demás, que nos imponen el deber de respetarlos, deber que debemos asumir libremente. El que no todos estén dispuestos a asumirlo es la razón de ser del Estado.”
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“El destino de Petróleos Mexicanos y los veneros de su propiedad parece estar en el abismo, en las aguas profundas de la corrupción, en la maraña perversa y diabólica del sindicato y las administraciones de todos colores que lo han saqueado y lo seguirán haciendo. No importa los mexicanos aguantamos todo.”


A mediados de 1981 las oficinas centrales de Petróleos Mexicanos consistían de cuatro edificios de trece pisos cada uno. No recuerdo el número de empleados que albergaban dichos edificios, pero las oficinas ya estaban llenas y no había espacios para los recién llegados. Cualquier rincón era bueno para que un experto en planeación, en finanzas, en mercados o en transportes, se estableciera y prácticamente no había sala de junta que no estuviera ocupada por caras desconocidas para los viejos empleados de la paraestatal.

 

Para entonces las proyecciones pesimistas sobre los excedentes petroleros elaboradas en la Coordinación de Proyectos de Desarrollo de la Presidencia de la República tenían que ser ajustadas hacia abajo: el gasto seguía creciendo, la inflación se desbordaba y el endeudamiento llegaba a niveles nunca antes imaginados.

 

Estaban de moda la ordenación de la economía por parte del gobierno, la planeación del sector público, el presupuesto por programas, la administración por objetivos y el control de gestión. La tarea del grupo de trabajo del que yo formaba parte consistía en diseñar, organizar, implementar y establecer un sistema de control presupuestal y contable que facilitara la toma de decisiones para la racionalización del gasto corriente y de inversión.

 

Al principio todo mundo ahí apoyaba los esfuerzos de racionalización que se estaban emprendiendo. El entusiasmo de los recién llegados se unía a la experiencia de los que ya estaban y un PEMEX moderno y eficiente se estaba gestando y sólo habría que esperar su nacimiento. Allá afuera la economía continuaba dando coletazos y mordidas.

 

La parte esencial de la propuesta de Sistema de Control Presupuestal que se estaba implementando, consistía en asignar cada gasto, cada inversión, cada peso a un programa específico y cada programa, cada proyecto, cada actividad tenían un responsable con nombre, cara y adscripción concreta.

 

Empiezan entonces a aparecer las sombras siniestras del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) y las corridas y ensayos de las gigantescas computadoras de los años ochentas empiezan a sufrir errores, caídas, fallas, tropiezos.

 

Los nombres de los delegados sindicales empiezan a aparecer en las minutas de las reuniones de diseño y planeación y nombres como el de Joaquín Hernández Galicia, también conocido como “La Quina” y Salvador Barragán Camacho, “El Chava”, se anteponen en las conversaciones de los empleados y funcionarios del organismo. El monstruo estaba siendo incomodado, amenazado.

 

Los trabajos continúan contra viento y marea y lo que parecía fácil en el papel resulta imposible en el escritorio del gerente, del jefe de departamento. La oposición a la voluntad de orden, de control va creciendo; la camarería se convierte en desencuentro, la colaboración se transforma en apatía; la amistad se transforma en animadversión. Una guerra sorda se escenifica en las oficinas, cubículos, ascensores y pasillos de la empresa de los mexicanos.

 

En los siguientes años el organismo petrolero sigue creciendo en personal, oficinas e instalaciones administrativas. Los grandes proyectos de exploración, de refinación, de petroquímica se paran o se construyen a paso de tortuga, pero el gasto corriente continúa incrementándose y donde debía estar un empleado hay tres o cuatro, haciendo lo mismo y entreteniendo el desahogo de asuntos.

 

Es tan acelerado el engrosamiento de la burocracia petrolera que para 1984 se inaugura la nueva Torre de PEMEX con 51 pisos y prácticamente todos los espacios, metro por metro, ya están asignados. Y sin embargo en los ya antiguos edificios A, B y C de Marina Nacional y otros aledaños en la colonia Anzures, se encuentran todavía saturados.

 

Al cambio de sexenio, cuando López Portillo le entrega la banda tricolor a Miguel de la Madrid, Julio Rodolfo Moctezuma, entrega las oficinas del piso 44 a Mario Ramón Beteta, para quien las prioridades son diferentes a las establecidas en el fallido sexenio de la abundancia. Las presiones arrecian para el equipo humano promotor del orden y la transparencia en el uso de la “renta petrolera”.

 

Para el joven economista, integrante distinguido del equipo del director anterior, las ofertas de posiciones diferentes, bien pagadas pero alejadas del objetivo racionalizador y controlador, abundan y esa abundancia no parece ser distinta a la que se les presentaba a los otros miembros remanentes del equipo.

 

Por lealtad a las convicciones o por simple error existencial, el caso es que la perseverancia en lograr lo que es mejor para todos, me lleva a la batalla decisiva. El escenario es la hacienda El Sembrador, en las cercanías de Poza Rica, Veracruz, propiedad del STPRM, donde las palabras de “La Quina” se escuchan claro y simple: la Unidad de Control de Gestión -de la entonces Subdirección de Finanzas-, va desaparecer y con ella todo los expertos que no se integren a otras áreas de la empresa.

 

Mario Ramón Beteta había dicho que los proyectos continuarían y mis compañeros y yo subestimamos la amenaza del líder moral (y real) de los petroleros mexicanos. Cuando regresamos a la ciudad de México, ya teníamos aviso de que pasábamos a disposición de la Gerencia de Personal, de dónde nos habrían de mandar a nuestras casas con una liquidación estrictamente legal.

 

Ha pasado casi un cuarto de siglo y Petróleos Mexicanos ha seguido creciendo como un monstruo gigantesco y oneroso con cerca de 150 mil empleados, entre sindicalizados y de confianza.

 

Los yacimientos como el conjunto “Cantarel”, en donde el aceite se levanta prácticamente de la superficie a bajísimos costos, se han agotado o están a punto de hacerlo. Pero los dueños del petróleo lo siguen aprovechando exactamente como en décadas anteriores, es decir, en beneficio de una mafia voraz que abarca a directores, subdirectores, gerentes, empleados, contratistas, líderes sindicales y una fauna así de enorme.

 

La hora cero ya llegó para PEMEX y me parece que no tiene mucho que ver con el debate prevaleciente: que si se privatiza o no; que si se abre o no; que si es o no es de los mexicanos.

 

El destino de Petróleos Mexicanos y los veneros de su propiedad parece estar en el abismo, en las aguas profundas de la corrupción, en la maraña perversa y diabólica del sindicato y las administraciones de todos colores que lo han saqueado y lo seguirán haciendo. No importa los mexicanos aguantamos todo.

• Petróleo

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