MIÉRCOLES, 18 DE JUNIO DE 2008
La curva de Felipe

Según usted, ¿cómo le está yendo a la economía mexicana?
Muy bien
Bien
Regular
Mal
Muy mal



El punto sobre la i
“¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”
Epicuro


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“Si creemos en la independencia central, actuemos en consecuencia, y tengamos fe que se hará lo necesario para procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.”


Los que ignoran el pasado están condenados a repetirlo…

George Santayana

 

Es una ironía deliciosa que, una docena de años después, estemos observando una versión actualizada del debate crecimiento versus inflación que habíamos observado, con detalle (y hasta diversión), en las épocas cuando Guillermo Ortiz era Secretario de Hacienda, en las mismas épocas que el gobierno hablaba en depreciar la paridad para lograr mayor competitividad y crecimiento; y, también las épocas cuando Agustín Carstens ocupaba la silla de Jefe de Estudios Económicos del Banco de México, velando por la estabilidad, por encima de todo lo demás.

 

En ese entonces, el tópico era el tipo de cambio, y la inercia inflacionaria que una depreciación cambiaria generaba en el sistema de precios. Ahora, el tema son las tasas de interés. Así como el banco central respondía en 1996, podría responder ahora: el precio de una variable tan importante como la tasa de interés no depende de la voluntad de nuestras autoridades monetarias, sino de los determinantes de ese precio. La inflación, ciertamente, es un determinante capital. Pero hay otros: el sistema judicial, la oportunidad de cobrar un crédito vencido, la flexibilidad del mercado laboral, la percepción global sobre el régimen de inversión, y otros.

 

La moneda de un país es como un espejo del clima de inversión. Si realmente la meta es lograr el “mejor destino de inversión del mundo” deberemos estar conscientes que ello no se logra a punta de caprichos monetarios, como lo sería bajar las tasas de interés. Y menos, bajo la equivocada premisa que hay un “trade off” entre el nivel actual de tasas de referencia (las más bajas en la historia, ¡gracias a la estabilidad de precios!) y la tasa de crecimiento potencial.

 

Esta es una versión más de la falacia detrás de la curva de Phillips, que hay una disyuntiva (de largo-plazo) entre estabilidad y crecimiento. La experiencia en los últimos treinta años demuestra, en forma contundente, que la estabilidad de precios es condición necesaria para lograr el crecimiento sano, y sostenido, de largo-plazo. Así lo han dicho, y demostrado, el creciente coro que ahora empuja la reducción de tasas, desde los capitanes hacendarios, pasando por los secretarios de economía hasta los reguladores financieros.

 

En estos momentos, donde ha resurgido el fantasma de la “estanflación,” existe un grave peligro de echarle leña artificial al fuego real. La laxitud monetaria internacional, ya reconocida ahora en los principales bancos centrales, se ha manifestado en la volatilidad de precios básicos en energéticos y alimentos. No es, quizá, un mero choque de oferta. Es un fenómeno monetario inflacionario. Bajar tasas, porque así lo hicieron los vecinos, y en función del ciclo norteamericano, es una petición de principio contra los argumentos para sostener la independencia central.

 

Si el aumento de los precios básicos contamina el nivel general de precios, como está sucediendo en estos momentos, como ciertamente sucedería con alarma si quitáramos las medidas artificiales como los subsidios a la gasolina, entonces la lógica de procurar la estabilidad de la unidad de cuenta se traduciría en un aumento de tasas, no una reducción. De hecho, esto es precisamente lo que va a suceder al norte de la frontera, en unos meses más, dadas las presiones inflacionarias.

 

Por cierto, si tanto nos queremos ajustar al ciclo monetario norteamericano, ¿no sería más eficiente eliminar el paso intermedio, y adoptar el dólar como unidad de cuenta? Si creemos en la independencia central, actuemos en consecuencia, y tengamos fe que se hará lo necesario para procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.

 

Ese es, después de todo, el contrato monetario del banco central con el universo de los tenedores de pesos mexicanos.

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