Pesos y contrapesos
Ago 1, 2008
Arturo Damm

Precio único: ¿Dará resultado?

Reto a los legisladores a poner a prueba la Ley de Fomento a la Lectura y si en los doce meses (¿veinticuatro?, de acuerdo, ¡veinticuatro!) siguientes a la imposición del precio único no aumenta la venta de libros derogarla.

Dirán mis lectores que ya basta, que ya le dediqué mucho espacio al tema de la Ley de Fomento a la Lectura, y que ya es tiempo de que pase a otro tema como puede serlo, por ejemplo, el de la baja en el precio del petróleo, que entre el 11 y el 29 de julio bajó 13.7 por ciento. Es cierto, hay otros temas importantes que analizar y sobre los cuales comentar, pero el de la mentada ley es fascinante, porque sintetiza todo lo que no se debe hacer, y bien vale la pena dedicarle tiempo al asunto.

 

En anteriores Pesos y Contrapesos analicé el tema del precio único desde la perspectiva del vendedor de libros, quien ya no tendrá la libertad de ofrecerlos al precio que considere más adecuado, todo ello con su contraparte: el lector ya no tendrá la oportunidad de buscar, para una misma edición, de un mismo título, un precio más bajo, diferencia que puede llegar a ser considerable, y pongo de ejemplo la última entrega de Harry Potter, que en una librería de las Lomas de Chapultepec se ofreció al precio X, mientras que en una tiende de autoservicio el precio fue X menos cien pesos, todo lo cual, al final de cuentas, perjudica al lector, lo cual no deja de ser contradictorio tratándose, tal y como es el caso, de una ley que tiene como fin promover la lectura.

 

¿Cuál es la lógica que “avala” al precio único como medio de promoción de la lectura? La explico. El precio único tiene que ser lo suficientemente elevado para que el librero menos competitivo permanezca en el mercado y, si es lo suficientemente elevado, para que nuevos libreros se incorporen al mercado, aumentándose así, vía la apertura de nuevas librerías, la oferta de libros, libreros para quienes el precio único, suficientemente elevado, representa un riesgo menor en el negocio de la venta de textos. Hasta aquí no he hecho otra cosa más que aplicar, al caso, la ley de la oferta, que señala que, todo lo demás constante, a mayor precio mayor cantidad ofrecida, siendo cierto que, si todo lo demás permanece constante, la cantidad ofrecida de aquella mercancía cuyo precio aumentó se incrementará.

 

Hasta aquí el precio único, suficientemente elevado para que pueda operar el librero menos competitivo, e incorporarse al mercado nuevos oferentes, tiene lógica, pero no hay que olvidar que la ley tiene como fin fomentar la lectura, y por lo tanto la demanda de libros, algo muy distinto. Supongamos que, efectivamente, el precio único tiene como consecuencia el aumento en la oferta de libros, ¿ello se traducirá, automáticamente, en un incremento en su demanda? ¿El que, consecuencia del precio único, aumente la oferta de libros, será causa del incremento en su demanda? Dicho de otra manera: ¿en México se lee poco por falta de oferta?

 

Ahora hay que considerar la otra cara de la moneda, es decir, la ley de la demanda, que afirma que, todo lo demás constante, a mayor precio menor cantidad demandada, sin olvidar que el precio único sí supone un incremento en el precio, sobre todo en el precio al que ofrecen los libreros más competitivos, y pongo de ejemplo el caso de la última entrega de Harry Potter, que en una librería de Las Lomas de Chapultepec se ofreció al precio X al tiempo que en alguna tienda de autoservicio al precio fue X menos cien pesos.

 

Reto a los legisladores a poner a prueba la Ley de Fomento a la Lectura y si en los doce meses (¿veinticuatro?, de acuerdo, ¡veinticuatro!) siguientes a la imposición del precio único no aumenta la venta de libros derogarla.



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