Nostalgia del porvenir
Ago 26, 2008
Fernando Amerlinck

Un ínfimo incidente con la policía

Me quedó clarísimo con este lance: pase lo que pase, muérase a quien secuestren, prometan lo que prometan, nos indignemos cuanto reclamemos, cambien a quien sustituyan, y así rebauticen a los perjudiciales, tiene razón el Eclesiastés, que sabiamente dice: "nada hay de nuevo bajo el sol azteca".

Ocurrió una semana después de que supimos del asesinato de Alejandro Martí. El News Divine era noticia de más de un mes. Estaba en curso una casi inédita ola de indignación contra la delincuencia oficial y la policía criminal. Ya habían nombrado a Mondragón.

 

Viví un incidente incruento, ñoño y del todo incomparable con esos brutales episodios. Sirvió como botón para mostrar el cambio.

 

Acudí deleitado y feliz (como infinitas veces) a disfrutar de una visita más a una institución eficaz, veloz, respetuosa y limpia, digna representativa de la cultura capitalina del servicio. El Gobierno del DF promete lo que cumple: estar cerca del pueblo. Obligan a estar cerca de ellos luego de 6 ó 7 vueltas, para recoger una escritura; acudir a ver si han sido suficientes los meses y ya quedó inscrito un documento en el Registro Público de la Propiedad; verificar semestralmente el coche; hacer colas en la Tesorería (una vez tuve que dar mordida para poder pagar mi impuesto predial). Etcétera.

 

La Candelaria de los Patos (allí está el Archivo General de Notarías) sigue fiel a su tradición de versión defequeña de la casbah marroquí, ejemplar en cultura de la dignidad urbana: vive gente en las banquetas, desaloja sus detritus en ellas, y las moscas y ratas comparten su alimento con los niños “en situación de calle”. Ese florido entorno, limpio y perfumado, no necesita basureros, servicio de jardinería o mantenimiento urbano. En tan seguro como digno espacio se resguardan documentos de los que depende la estabilidad del patrimonio y derechos de millones: el Archivo General de Notarías del DF.

 

Merodeando en ese ambiente había cuatro o cinco muchachos. Se les aproximaron dos policías preventivos; me pregunté qué delito podrían haber cometido los jóvenes pero, oh sorpresa, empezaron a dar dinero a los policías. Diez, 15 pesos cada uno. Nada negociaron, en un juego de valores entendidos. Sin dilación, los guardianes de la ley se marcharon y los chavos siguieron en su asunto: no hacer nada… por el momento.

 

Como a veces peco de malpensado, decidí informar a la superioridá. Llamé al 060, uno de los muchos números que ocupan acá el lugar del simplísimo 911. Me pidieron ¡identificar a los azules! El número de su placa. De qué corporación. Número de patrulla (eran de a pie). Me enfadé porque (exigente que soy) no me gusta hacer la chamba de la autoridá. No se interesaron ni caso me hicieron; policía y telefonistas siguieron en su asunto.

 

Acto seguido llamé a Asuntos Internos de la Secretaría de Seguridad Pública del GDF, aún con ganas de portarme como ciudadano, y pretendiendo una denuncia anónima. Me cosieron a preguntas. Y no sólo eso sino que querían que “me constituyera” en el lugar de los hechos, debidamente acreditado con mi credencial de elector para identificar a los azules. Nuevamente reclamé porque no me gusta hacer la chamba de otros, menos de mis servidores cuyo sueldo pago. “Necesitamos contar con su presencia” me indicaron. “Señorita, usted contará con mi ausencia”, contesté. No le pareció interesar si esos muchachos: a) iban a delinquir tras haberlos desplumado los guardianes de la ley; b) les participaban el botín del último asalto; c) ambas cosas.

 

Finalmente, y tras una fuerte discusión, la telefonista de Asuntos Internos ¡me colgó!

 

Me quedó clarísimo con este lance: pase lo que pase, muérase a quien secuestren, prometan lo que prometan, nos indignemos cuanto reclamemos, cambien a quien sustituyan, y así rebauticen a los perjudiciales, tiene razón el Eclesiastés, que sabiamente dice: nada hay de nuevo bajo el sol azteca.



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El punto sobre la i

Los dos enemigos del pueblo son los criminales y el gobierno. Atemos al segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero.

Thomas Jefferson
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