VIERNES, 17 DE OCTUBRE DE 2008
Adicciones públicas

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“Estamos efectivamente avanzando en la lucha contra la pobreza, de eso no hay duda. Pero entonces, ¿por qué la ayuda a los pobres demanda cada vez mayor parte del presupuesto gubernamental?”


En su segundo informe de gobierno, el presidente Calderón reconoció que en 2006 había 14.4 millones de personas viviendo en una situación de pobreza extrema en nuestro país. Es demasiado, pero eso significa que durante el sexenio pasado 9.3 millones de personas dejaron de ser extremadamente pobres, una reducción de más de la mitad.

 

(La acelerada reducción de la pobreza en los últimos años no sólo en México sino en el mundo entero es evidente. Vaya, hasta el mismísimo Banco Mundial, que de eso vive, acaba de aceptarlo: La tasa de pobreza en el mundo disminuyó de 41.7 a 26% en los últimos quince años.)

 

En el mismo documento, sin embargo, el presidente presume que el Programa Oportunidades, que “tiene como objetivo apoyar a las familias que viven en condiciones de pobreza extrema” con el fin de que superen esa vertiente de la pobreza, beneficia actualmente a 25 millones de personas, o sea, ¡más de las que se pretendía beneficiar cuando se creó tal programa con otro nombre en el periodo de Zedillo! Pero eso no es todo, en términos reales los fondos para ese programa desde 2000 a la fecha ¡han crecido más de 180%!

 

Dos preguntas políticamente incorrectas: (1) Si cada año la pobreza extrema se reduce a una tasa de alrededor del 6.5% (un millón y medio de personas), ¿por qué el gasto (total y por consiguiente el per capita) destinado para sacarlos de esa situación se incrementa a una tasa anual de 19%? (2) ¿Cómo puede un programa que está destinado a sacar de la pobreza alimentaria atender a 25 millones de personas cuando sólo hay 14.4 millones viviendo en esa situación? En otras palabras, ¿por qué si cada vez hay menos pobres cada vez gastamos más en combatir la pobreza? ¿No deberíamos esperar que pasara lo contrario?

 

Casualmente, los programas públicos que implican subsidios –sean para asistencia social o productiva-, que precisamente por su carácter subsidiario deben ser temporales y más todavía si éstos son efectivos, en lugar de disminuir el monto o reducir el número de beneficiarios, aumentan. Escoja usted al azar un “exitoso” programa público de asistencia y comprobará cómo cada año aumentan los beneficiarios y el costo para el contribuyente.

 

El problema de los subsidios, además de distorsionar la asignación de recursos, es que crean adicción mutua, tanto para quien los recibe como para quien los otorga. Muchos de los beneficiarios prefieren mantenerse en un estado permanente de “incapacidad” para seguir recibiéndolos, al tiempo que políticos, burócratas y demás gente involucrada en su operación obtienen algunas ganancias extra, ya sean monetarias o políticas, y pues para hacerse de una rebanadita cada vez más grande conviene que el pastel sea cada vez más grande.

 

Estamos efectivamente avanzando en la lucha contra la pobreza, de eso no hay duda. Pero entonces, ¿por qué la ayuda a los pobres demanda cada vez mayor parte del presupuesto gubernamental? Y eso es sólo un ejemplo. Ya lo había dicho Friedman: “No hay nada más permanente que un programa temporal del gobierno”.

 

• Subsidios • Problemas económicos de México

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