MIÉRCOLES, 29 DE OCTUBRE DE 2008
Reductio ad AMLO

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“La postura ultra-nacionalista (talibán) de López Obrador en materia petrolera y la pretensión patriótica de “defender lo que es nuestro” implica, si ésta se lleva hasta sus últimas consecuencias, el más idiota reductio ad aburdum en los anales del analfabetismo económico.”


La postura ultra-nacionalista (talibán) de López Obrador en materia petrolera y la pretensión patriótica de “defender lo que es nuestro” implica, si ésta se lleva hasta sus últimas consecuencias, el más idiota reductio ad aburdum en los anales del analfabetismo económico.

 

La mística del lema amloista “el petróleo es nuestro” confunde dos modalidades de propiedad. La propiedad del subsuelo, de los hidrocarburos, es de la nación, tal como lo define el marco constitucional. Empero, la paraestatal petrolera es propiedad del Estado, es una empresa gubernamental.

 

Aun así, la profunda xenofobia económica a todo lo que sea extranjero, a todo lo que no es “nuestro,” es completamente incompatible con cualquier criterio de ventajas comparativas, de la generación de inversión en un sector tan descapitalizado, así como de la asignación eficiente de recursos.

 

La posición amloista, llevada hasta sus consecuencias lógicas, implica que, en aras de defender lo nuestro, deberíamos cancelar toda asociación de nuestra soberana empresa con cualquier entidad o empresa que no sea mexicana; y cancelar todas las asociaciones que PEMEX tenga con empresas mexicanas que tengan asociaciones con empresas que no sean mexicanas.

 

Ciertamente, deberíamos cancelar la importación de productos refinados, de toda la gasolina procesada en el extranjero, de cualquier tecnología que no sea “nuestra.” Y, si seguimos la lógica inevitable del nacionalismo amloista, deberíamos insistir que todos los insumos, todas las herramientas, toda la infraestructura, absolutamente todo lo que hoy se requiere para procesar nuestro soberano chapopote, sea de origen mexicano, únicamente mexicano—los trabajadores, las llantas de los automóviles que transportan los factores de producción, el software que se usa en las empresas (“¿microsuave?”), el papel en el cual se redactan los contratos, los teléfonos celulares de los brigadistas, en fin, absolutamente todo detrás del vasto orden espontáneo que ha hecho posible la conformación de todos los bienes que operan para el funcionamiento de la industria petrolera nacional.

 

Absurdo. Pero esa es la consecuencia de la lógica brigadista, de este talibanismo tabasqueño. Una consecuencia real, aunque igualmente absurda, es que no habrá petróleo que procesar en menos de una década. Tendremos que asumir la vergüenza de importar crudo del extranjero (¡nuestros hermanos bolivarianos!), aun cuando tenemos tan amplias reservas en aguas profundas—sagradas, muy soberanas, pero en el fondo total del olvido nacionalista, para siempre.

 

Un absurdo adicional, también inevitable, es que la misma lógica debe imperar con los sectores estratégicos—y, por tanto, la posición amloista debe, en lógica, proponer la autarquía estatal como único modelo posible de desarrollo.

 

Quizá el mayor absurdo no sea de AMLO, sino del resto de nosotros, incluyendo el gobierno en todas sus ramas—el hecho que nos dejemos secuestrar, en las calles, en los medios, en la mente, por las brigadas, por el talibanismo petrolero, por la mentalidad tan anti-moderna, tan absurda, tan supremamente ineficiente, del excepcionalismo amloista.

• PRD

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