VIERNES, 26 DE DICIEMBRE DE 2008
Los bárbaros en las fronteras

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
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“Los productores tienen sólo derechos (de incompetencia) pero los consumidores sólo deberes (de subsidiar la incompetencia de los primeros).”


La fuerza de la crisis financiera mundial implica el riesgo de regresar al proteccionismo. Ello sería gravísimo. Por primera vez en una generación, los dos pilares de integración global, el comercio exterior y los flujos de capital, van en retroceso—a la misma vez.

 

Por ende, economías que dependen de las exportaciones sufrirán un ajuste en sus tasas de crecimiento. La fuga de capitales, junto con la obsesión de ver el déficit comercial como un mal intrínseco, hará crecer el coro de voces que reclamen un paro a la desgravación, o peor, un regreso a la protección arancelaria, bajo el pretexto de “desarrollar nuestro potencial interno.”

 

Se escucha, en todos lados, ad nauseam. Es la canción favorita del momento: aumentar la demanda, crear empleo, impulsar el mercado interno. Son cantos vacíos, como también  lo fueron en los 30s. Si de satisfacer el fetiche interno se tratara, bastaría con decretar que todas las obras viales en la capital se construyeran con cucharas, y nada más.

 

No confundamos fines con medios—el fin es vivir mejor, o en estos momentos, evitar vivir peor. El proteccionismo es vivir mejor para unos cuantos productores, pero a costas de millones de consumidores. Eso no lo están viendo los políticos.

 

(Hay otros políticos, sin embargo, que sacrifican empleos verdaderos, comercios, giros, y actividad económica real, porque no son parte de su fetichismo moral preconcebido—como es el caso de la delegada Gabriela Cuevas, escuincle con poder, revanchista prepotente.)

 

Sin embargo, mientras persista el deterioro económico, habrá bárbaros en las fronteras comerciales. La administración de Obama, a pesar de designar a Bill Richardson como ministro de comercio, ha dado señales equívocas. Y en el ramo legislativo, siguen especies como Nancy Pelosi (Nancy Pelada, el equivalente de la niña intolerante Cuevas en Washington), predicando la necesidad de primero ser “como ellos” para obtener el derecho de comerciar “con ellos.”

 

La retórica del “comercio justo” es una forma de proteccionismo en máscara moral—un medio tramposo para imponer trabas a la competencia. El consumidor es el gran perdedor. El comercio justo, para consumidores americanos, significa que, cada año, países como Jamaica sólo pueden vender 900 galones de helado, que nosotros sólo podemos vender hasta 35,000 brasieres, o que Polonia puede colocar 350 toneladas de acero, pero nada más.  Esto sólo es la punta de un “iceberg” de más de 8,000 aranceles (de hasta 500%), y millares de restricciones no arancelarias.

 

Recordemos, sin embargo, la profunda injusticia de los bárbaros en las fronteras—la doctrina que los productores tienen sólo derechos (de incompetencia) pero los consumidores sólo deberes (de subsidiar la incompetencia de los primeros). No se vale, ni en las buenas, ni en las malas.

• Estados Unidos

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