MIÉRCOLES, 28 DE ENERO DE 2009
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“La conclusión de que enfrentamos un país en anarquía, con un Estado fallido, es un diagnóstico aventurado. Hay que ver, y aceptar, las causas del entorno de violencia total que vivimos.”


Las decapitaciones, los asesinatos, los episodios de aparente terrorismo, toda esta guerra contra el crimen organizando, ha ocasionado un verdadero pavor en todos los rincones de la cultura mexicana. Y ha exportado una pésima imagen en el mundo exterior, incluyendo la imagen de que estamos al borde de un Estado fallido.

 

La situación es equiparable a una crisis brutal. Los asesinatos promedian casi veinte por día. Los casos de horror se están convirtiendo en cosa cotidiana. La retórica de que esto es consecuencia de las sacudidas que surgen cuando hay que limpiar la casa, no tan solo se agotó, sino que ya es de mal gusto.

 

Sin embargo, de ello a la conclusión de que enfrentamos un país en anarquía, con un Estado fallido, es un diagnóstico aventurado. Además, hay que ver, y aceptar, las causas del entorno de violencia total que vivimos.

 

La “causa final” (como diría Aristóteles) del gravísimo problema de los cárteles y el crimen organizado es la demanda de narcóticos que existe al norte de la frontera. La gran mayoría de la heroína y cocaína, así como de metanfetamina, que se consume en la sociedad estadounidense tiene su origen de distribución (y producción) en nuestro país. Los márgenes de ganancia son gigantescos, dada la situación cuasi-monopólica que existe en el mercado de narcóticos.

 

Las barreras de entrada al mercado (la prohibición legal, principalmente) genera un incentivo irresistible, a pesar de los costos de transacción (la ilegalidad de lo que se tranza, la corrupción, la guerra abierta con la sociedad y el gobierno). El formidable poder económico (un estimado de 25 mil millones de dólares anuales en ingresos) que esta vocación ha acumulado se traduce en un formidable poder de confrontación—uno que usa, incluso, los instrumentos más sofisticados en tecnologías de comunicación, así como de armamentos y equipos militares.

 

¿Crisis, cual crisis? Así han de decir entre las esferas que, a punta de terror y horror, se pelean por un pedazo del mercado más lucrativo del continente. Pero hay que decir: el origen de las fortunas, y del financiamiento para el crimen organizado), es la demanda por producto. Es una demanda que varía (muy) poco ante variaciones de precio, o sea, demanda denominada “inelástica” en el lenguaje económico.

 

Lo ideal sería permitir mayor competencia en el mercado, para evitar abusos al consumidor, por ejemplo, una guerra de precios. Sin duda, habría un problema muy importante de salud. Pero la disminución de márgenes probablemente erradicaría el elemento criminal, violento, hasta terrorista, de esta actividad.

• Drogas • Inseguridad / Crimen

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