MIÉRCOLES, 10 DE JUNIO DE 2009
Capitalismo de cuates

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
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“Así es el reto: pasar hacia un paradigma de “dejar trabajar,” de leyes sencillas para un mundo complicado.”


De repente, prominentes voceros del “progresismo” o “izquierda inteligente” se han unido en un coro común contra el “capitalismo de cuates.” ¡Enhorabuena!

 

La frase se la atribuyen al flamante opinador Joseph Stiglitz (quién ganó el Premio Nobel de Economía en 2005, por su trabajo sobre información asimétrica, más no por sus opiniones actuales). Falso. La crítica al mercantilismo, al abuso del proceso político para sacar privilegios en el mercado abierto por parte del proceso empresarial, data desde las observaciones de Adam Smith, David Ricardo y David Hume. En el siglo antepasado, su crítico más importante fue Friedrich Bastiat. En el pasado reciente, destacan Hayek, Buchanan, Friedman, y muchos más.

 

Y, disculpas, pero desde hace más de quince años se viene expresando la misma crítica en este foro. Sin embargo, en la estéril guerra de etiquetas, tanto este medio como las personalidades citadas, tienden a merecer calificativos poco decorosos, hasta “salvajes.”

 

Pero estas idiosincrasias semánticas no importan; tampoco, la autoría original de ideas. Qué bueno que se esté reconociendo el mal, qué bueno que la competencia sea vista con mejores ojos en estos días. El impacto sobre el bolsillo del consumidor de los monopolios, los duopolios, la oligarquía reinante, el compadrazgo, y otras especies de mercantilismo contemporáneo, es terrible.

 

Por cierto, aquellos analistas que hoy “vaticinan” y hasta desean una paridad de dieciocho o veinte pesos por dólar, son el equivalente cambiario del capitalismo de cuates—pidiendo un subsidio para mejorar utilidades sin el previo esfuerzo de mejorar la oferta de productos.

 

Sin duda, el capitalismo de cuates (“crony capitalism”) es uno de los factores detrás del síndrome de crecimiento errático y mediocre que sufre nuestra economía.

 

Este mal se manifiesta, especialmente, en una arqueología jurídica que no deja trabajar, que obstaculiza la iniciativa empresarial, que pone el “no se puede” como la condición de entrada al jugoso mercado de rentas que la tramitología genera. Más allá de un cambio aquí o una nano-reforma acá, se requiere un cambio de paradigma. El reto, en las palabras de otro gran enemigo del mercantilismo, Richard Epstein, es abandonar la arrogancia de construir leyes complicadas para simplificar el mundo y adoptar un concepto general de leyes sencillas para nuestro mundo complicado.

 

En el esquema de concesiones, de mercados cautivos (públicos y privados), y de eterna tramitología, la propiedad no es un derecho, sino un privilegio. Este tipo de “discriminación jurídica” implica que la corrupción se convierte en un instrumento anormal para reducir los costos de transacción, para salir adelante.

 

Hay que llevar la desregulación hasta sus últimas consecuencias—desde donde impera el capitalismo de cuates, hasta el capítulo económico del marco constitucional. Así es el reto: pasar hacia un paradigma de “dejar trabajar,” de leyes sencillas para un mundo complicado.

• Buscadores de rentas

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