MIÉRCOLES, 5 DE AGOSTO DE 2009
Tres años perdidos

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“Bajo el posibilismo, podremos inferir, desde ahora, que los próximos tres años, representarán un momento perdido.”


La sociedad mexicana enfrenta el espectro de otros tres años perdidos. Ante las preguntas inevitables sobre “¿qué pasará?” existe la incertidumbre sobre el rumbo que debe tomar la economía, mientras los partidos inician, de facto, la larga carrera hacia la contienda presidencial.

 

Sería fácil culpar al legislativo de inacción, de letargo político, de velar más por los intereses del partido que de los intereses de los ciudadanos. No hay duda que, a partir del cambio político del 97, el comportamiento de los legisladores ha sido más de parásitos, que de políticos interesados en el futuro de la nación.

 

Empero, una docena de años debió generar una curva de aprendizaje sobre los incentivos del proceso político—y al parecer, ni el ejecutivo anterior, ni el actual, se han dado (dieron) cuenta de esta circunstancia.

 

Más allá del impasse político, el gran obstáculo ha sido la tesis, miserable en sus resultados, que es preferible buscar “lo posible” en vez de “lo deseable.” Este forma simplona de interpretar el pragmatismo de Maquiavelo equivale a rendirse ex ante, de hecho, a anunciar un piso a lo que se está dispuesto a negociar. El ejemplo es que, en energía, lo deseable sería competencia, inversión privada, transferencias de tecnología, desarrollo de refinerías, extracción de crudo en aguas profundas, etc.

 

Pero como el PRI no suelta, y como hay que rebasar al PRD por la izquierda, esta reforma no entra dentro de “lo posible.” Más bien, “lo posible” es la nano-reforma que se acabó aprobando, un paso adelante sin duda, pero un paso miniatura, del cual ya no se podrá avanzar.

 

Ahora, el legislativo, estrenando nuevas mayorías, ya sabe por dónde viene la cosa. En las palabras de Jesus Silva Herzog Márquez, esto convierte a la negociación democrática en un mecanismo de capitulación política. Por lo tanto, al ejecutivo le gusta “aplaudir sus derrotas.” Bajo el posibilismo, podremos inferir, desde ahora, que los próximos tres años representarán un momento perdido.

 

Los posibilistas se equiparan con el realismo político, cuando realmente esta posición equivale a renunciar la creatividad, el papel del estadista, aquel que busca, contra todo, hacer lo deseable posible—como en aquellos otros países donde el arte de la transformación se convirtió precisamente en lo que México añora, y necesita: un detonante de desarrollo sostenido.

• Democracia mexicana

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