Sólo para sus ojos
Sep 21, 2009
Juan Pablo Roiz

La tragedia del PAN... y de nosotros

¿En qué momento se fastidió el PAN? Desde antes de llegar al poder, cuando le apostó todo a “la lógica del poder”.

Eran los días aciagos de la primavera de 1995, cuando el gobierno de Ernesto Zedillo tuvo que luchar a brazo partido por enderezar un barco que se hundía (México) y a duras penas pudo contar con el número suficiente de priístas para aprobar en el Congreso el durísimo, implacable programa económico. Sí, aquél del IVA al 15% con su “roqueseñal”. ¿Dónde estaban los prohombres del PAN? Criticando ferozmente al gobierno, medrando con la crisis, viendo pasar el cadáver de su eterno adversario frente a su tienda y tal vez haciendo las cuentas, no tanto de la tragedia del país, sino de cómo la tragedia los podía catapultar al poder. Lo recuerdo bien: Decenas de miles de “panistas urbanos a domicilio” (no militantes, sino seguidores o simpatizantes que salíamos del armario cada elección federal, calladitos y ordenaditos, para votar por los candidatos del PAN, que eran “gente decente”, GCU, “Gente Como Uno”) padecíamos, como todos, la crisis del error de diciembre, pero también había un no tan discreto regocijo porque veíamos en el horizonte, por fin, el ocaso del PRI. Como muchos otros yo lucía en la defensa trasera de mi automóvil la calcomanía con la leyenda demoledora: “A mí no me culpen, yo no voté por el PRI”.

 

En los días difíciles de 1996-1998 cuando el último gobierno del PRI tuvo que pasar el trago más que amargo del Fobaproa, ¿dónde estaban esos mismos prohombres del PAN? En la cámara de diputados regateando ferozmente su apoyo, poniendo condiciones absurdas (que en ese momento habrán parecido valientes conquistas ciudadanas) como vetar en la configuración de lo que sería el IPAB a todos aquellos que hubiesen tenido que ver con la privatización de la banca y con su posterior regulación (por ejemplo, Guillermo Ortiz Martínez), y a los panistas a domicilio de las ciudades aquello nos parecía correcto, lo que tenía que hacer una gallarda oposición, intransigente, pura e impoluta. Bravo. La “gente decente” estaba en el umbral del poder.

 

Y en los días igualmente difíciles de 1998-1999 cuando el gobierno de Ernesto Zedillo ya ni siquiera contaba con los priístas suficientes para apoyar una reforma energética, ¿dónde estaban los prohombres del PAN? Ahí mismo en la cámara de diputados diciendo que no, aliados inopinados de una izquierda reaccionaria y de los “nacionalistas revolucionarios” del PRI enemigos acérrimos del los tecnócratas, oponiéndose. ¿Por qué?, ¿acaso porque la reforma energética habría sido un retroceso?, ¿acaso porque atentaba con los principios doctrinales del PAN? No, a esas alturas esas cosas –como los principios, el bien del país, la “victoria cultural o moral”, la dichosa “doctrina”- ya estaban en el segundo o en el tercer plano, los prohombres del PAN, y con ellos decenas o centenas de miles de panistas domiciliarios, “gente decente”, ya estaban (estábamos) instalados en la perversa “lógica del poder”: Mientras peor mejor, no hay que darle nada al PRI, no hay que tener piedad con esos desgraciados que han oprimido al país durante seis décadas o más. Y nada, no hubo reforma energética. Supongo que en ese momento los prohombres del PAN y muchos simpatizantes, “gente decente”, vieron el asunto como una mera cuestión táctica: Esas y otras reformas, mucho más audaces y visionarias, modernas e impolutas, se aprobarían después, como por arte de magia, apenas el PAN llegase a Los Pinos. Y llegó el PAN.

 

Sin duda, estas remembranzas tienen hoy un sabor muy amargo. Felipe Calderón Hinojosa, uno de esos prohombres panistas que se instalaron entonces en la lógica del poder, es hoy Presidente de la República y ahora sí, ¡después de casi nueve años de “gobiernos” del PAN instalados en Los Pinos!, parece entender que los problemas de México son más importantes que las escaramuzas electorales del PAN, del PRI o del PRD. Por fin, parece haber asimilado una “lógica de responsabilidad de Estado” y voltea a su alrededor pidiendo superar las mezquindades partidistas para no sólo enderezar un barco (las finanzas públicas) amenazado con irse a pique, con medidas dolorosas pero necesarias, responsables, sino para hacer reformas estructurales imprescindibles, urgentes.

 

¿Y dónde están ahora los “panistas domiciliarios”, esos cientos de miles, millones, que soñaron con “el cambio” en el año 2000? Pues la mayoría sigue en el mismo lugar, con la misma gente, haciendo lo mismo que suelen hacer las clases medias vapuleadas: quejándose del gobierno, que –dicen- salió igual o peor que el PRI. Haciendo gala de miopía aldeana, cuidando su parcelita, regateando el pago de impuestos, transando porque “el que no transa, no avanza”, pero “no más poquito”, porque aún queremos parecer “gente decente”. Convencidos de que “este país no tiene remedio”. Cosiendo con retazos de aquí y de allá su ideología domiciliaria, para estar en casa, en pantuflas: un poquito, muy poquito, de liberalismo económico por aquí, mucho mercantilismo y capitalismo de compadres por acá, otro tanto de golpes de pecho para que no se diga que no somos decentes, algunos suspiros de nostalgia por Carlos Salinas de Gortari, que “robó, pero reformó”.

 

Otros seguidores panistas ya están de lleno, aquí o allá, en el gobierno, en el federal o en el de tal estado o municipio, haciendo su luchita con poco o mucho decoro. De todo hay. Casi todos totalmente imbuidos de la lógica del poder. Lamiéndose las heridas de una reciente derrota electoral, buscando culpables cercanos. Calculando su futura carrera política.

 

Bien, aquí estamos. Ahora necesitamos de los “priístas responsables” para evitar el naufragio final. Algunos debe haber, a quienes la zanahoria del poder y las lecciones del pasado podrían haberles enseñado que el país es más importante que las mezquinas luchitas electorales.

 

Tragedia, dice el diccionario, es “una obra dramática cuya acción presenta conflictos de apariencia fatal que mueven a compasión o a espanto, con el fin de purificar estas pasiones en el espectador y llevarlo a considerar el enigma del destino humano, y en la cual la pugna entre libertad y necesidad termina generalmente en un desenlace funesto”. Nuestra única esperanza es un triste adverbio –“generalmente”- que abre un pequeño resquicio: No siempre tiene que ser así.



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Cualquier conducta humana puede ser objeto de una ley. Por ejemplo: Ley para el buen cepillado de los dientes o Ley para la correcta colocación de los anteojos. Si la tarea de los legisladores es hacer leyes, les sobra tela de donde cortar. ¡Preocupante!

Arturo Damm Arnal
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