MIÉRCOLES, 25 DE NOVIEMBRE DE 2009
Elecciones monetarias

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


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“No confundamos más dinero con poder adquisitivo. Los empleos no aumentan con más dinero, sino con dinero que pueda comprar más.”


En pocos días, el ejecutivo federal deberá dar a conocer su decisión sobre una de las elecciones más importantes en materia económica—la persona que quede en la posición de gobernador del banco central.

 

Hay, como siempre, especulaciones y apuestas, desde si Guillermo Ortiz siga en el puesto que ha ocupado desde 1998, hasta si presenciamos un ajuste importante de personalidades, con la llegada de Agustín Carstens al frente del timón monetario, y la especulación paralela, sobre quién ahora ocuparía el cargo al frente de la Secretaría de Hacienda. ¿Será posible tal ajuste, especialmente ahora, cuando debemos sortear las crisis, los choques, hasta las bajas en la calificación de deuda?

 

Las especulaciones son muestras de futurología. De hecho, es incorrecto pensar que el futuro de la política monetaria dependa de la persona a cargo del puesto, siendo que las elecciones monetarias se debaten y deciden en las juntas de gobierno. Cuando hay empate, el Gobernador disfruta el voto de calidad.

 

Por ello, en principio, la persona al frente de la institución central debería ser un asunto secundario. La institución tiene pesos y contrapesos. Un contrapeso muy importante que podría incorporar sería la publicación de las minutas de las juntas que celebra. Empero, no se debe pasar por alto el objetivo principal del banco central, que es procurar el poder adquisitivo de la moneda.

 

Hoy, a pesar de tres décadas perdidas en estabilidad de precios, han resurgido las voces alegres del “dinero fácil” sobre cómo la política monetaria anti-inflacionaria inhibe la posibilidad de aumentar el empleo y el crecimiento. Hoy, bajar la guardia anti-inflacionaria, con el utópico objetivo de aumentar empleos por vía de la expansión monetaria, nos llevaría a mayores tasas de inflación, al incumplimiento del programa de metas de inflación, y a un colapso de la credibilidad del banco central. Esta última ha mejorado, precisamente a partir de que la sociedad empezó a disfrutar el beneficio de vivir en un clima de estabilidad de precios.

 

Otros, en ánimo de “grilla monetaria,” consideran incoherente que las versiones sobre el impacto de la crisis sean diferentes en un lado (el optimismo de Hacienda) y en otro (el realismo más robusto de un actor central independiente). Pero esta tensión es muy bienvenida en un esquema donde la autonomía central debe ser creíble, para poder funcionar adecuadamente.

 

La moneda está en el aire—y con sol o con águila, la esperanza es que persista la prioridad sobre la estabilidad de la unidad de cuenta.

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