JUEVES, 16 DE FEBRERO DE 2006
"Dinamizar" el crecimiento

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“No se puede dinamizar el crecimiento en un entorno en donde no se deja trabajar. Este es el drama derivado de las frustraciones constantes con el crecimiento.”


No hay duda que el desempeño económico en materia de crecimiento deja mucho que desear. El ingreso por habitante ha crecido apenas arriba del 1% anual en las últimas dos generaciones. El ingreso por adulto ha retrocedido en una proporción importante. Y, el crecimiento en este sexenio, alrededor del 2.5% anual, está muy por debajo del potencial económico del país. Así que hablar de “dinamizar” el crecimiento es, en sí, una narrativa bienvenida. Pero eso ya lo sabíamos.

 

De hecho, no hay plataforma económica que hable de proponer lento crecimiento, o crecimiento a medias. Las disputas no nacen del fin, sino de los medios; pero cuestionar un medio (por ejemplo, disciplina fiscal o mayor competencia o metas de inflación) sobre la base que ello implica una postura de crecimiento moderado es una petición de principio. Este parecería ser un error capital del Acuerdo de Chapultepec, o posiciones similares, por más políticamente correctas que presuman ser al optar por la salida fácil de apuntar dedos de culpabilidad hacia blancos como el neo-liberalismo o el consenso de Washington.

 

Las preguntas comunes en el ambiente económico actual parecerían ser las mismas de siempre: ¿qué pasará? ¿Habrá más de lo mismo? ¿Hasta cuando con el apretón de cinturón? Vaya, en los rincones más cínicos, hasta se escucha la pregunta tan temida en el pasado: ¿habrá crisis de fin de sexenio?

 

En palabras “corporales,” el cuerpo de la economía mexicana ha dejado atrás la obesidad inflacionaria, pero ahora encara el reto de crecer en forma sana, sostenida, que no implique la salida fácil de la golosina fiscal, o la adicción fatal al expansionismo de un gasto sin límites. Por ello, el reto es, como siempre, dinamizar las energías potenciales del cuerpo económico por la vía de la oferta: limpiando las rutas de crecimiento que hoy están llenas de obstáculos, trabas, reglas, reglamentos, misceláneas, permisos, concesiones, en fin, todo un universo de altos costos de transacción que nos obligan a laborar a ritmos más lentos, o de plano, a migrar a las rutas paralelas de la economía informal.

 

Todos, repetimos, quisiéramos una economía con mayor dinamismo; pero el reto no es dinamizar, cueste lo que cueste, o pase lo que pase, sin considerar los efectos que las medidas de cierto dinamismo voluntarioso puedan tener. Se requiere un cuerpo económico fuerte, no inflado e indisciplinado. La segunda generación de reformas es complicada, de abajo hacia arriba, precisamente porque implica identificar y remover todos esos topes, esos privilegios monopólicos, toda la super-estructura de tramitología en el quehacer cotidiano que, día a día, generan altos costos de transacción y altos costos de oportunidad.

 

No se puede dinamizar el crecimiento en un entorno en donde no se deja trabajar. Los agentes económicos del país dedican una fabulosa cantidad de tiempo en trámites, en impuestos, en sortear contingencias, en el “jineteo” de recursos ante los altos costos de los servicios más básicos de una empresa, como la gasolina, la electricidad, la comunicación, o por la necesidad de subcontratar servicios básicos de plantas de luz, o seguridad privada, como “seguros” ante las contingencias que se dan con los asaltos, ya sea de auditores, inspectores sin luz pero con fuerza, hasta ladrones organizados.

 

Este es el drama derivado de las frustraciones constantes con el crecimiento, con la necesidad de dinamizar nuestro entorno interno: el anhelo de prosperar, de vivir mejor, es una actividad terriblemente costosa en el entorno actual de incertidumbre institucional.


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