MIÉRCOLES, 28 DE SEPTIEMBRE DE 2005
El imperio de las rentas

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
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“El desafío de cómo superar la mediocridad, cómo lograr sustituir un imperio de rentas por el imperio de la ley, será un tema determinante de cara al próximo episodio electoral”


Entre marchas y manifestaciones, entre sindicatos y líderes laborales, entre grupos de intereses especiales y ONGs, entre miembros de la casta burocrática y sus aliados en la casta empresarial, entre esto y aquello, y mucho más, parecería que el principal obstáculo a la conformación de una sociedad abierta, a un marco jurídico de estado de derecho, es la existencia de las rentas.

 

En este reino de lo que nuestro colega de foro, Isaac Katz, atinadamente llama la mentalidad de mediocridad, todos buscan huir de la competencia, y aprovechar los saldos de la incompetencia. Hasta podríamos, siguiendo la lógica de los corredores nacionales del maratón mexicano, mismos que pedían excluir a corredores kenianos citando argumentos de justicia nacional, nombrar al senador Bartlett para organizar otro mundial de fútbol, uno apegado a principios de soberanía, equidad y, quizá, tradición bolivariana. Sin duda, no invitaríamos al equipo estadounidense, mucho menos a los europeos.

 

Vaya mentalidad. Empero, esta misma existe, en versiones menos ridículas pero a la vez mucho más nocivas, en áreas como energía, el sistema tributario, el agua, mercados laborales, en comunicaciones, telecomunicaciones y en trasportes, vaya, en la arqueología misma de nuestro entorno económico. El análisis de la psicología de las rentas, es decir, en esta mentalidad de mediocridad, también imperan los incentivos.

 

En varios trabajos, el fundador de la escuela de elección pública, James Buchanan, avanza la idea que el poder del gobierno en el proceso democrático suele ser objeto de un constante abuso por grupos de intereses especiales, mismos que buscan una redistribución del ingreso a su favor. El imperio de rentas distorsiona el orden de mercado basado en los contratos, en igualdad de oportunidad y en la libre entrada a todos sectores de la sociedad. Es decir, un sistema que permite que mayorías o minorías puedan secuestrar la propiedad, en nombre de algún abstracto objetivo, llámese soberanía nacional o bienestar social, no es congruente con el principio elemental del estado de derecho, de que lo mío es mío, si es adquirido libre y voluntariamente, y no de otro.

 

Hoy por hoy, la mentalidad de mediocridad, prevaleciente no sólo en México, nace del hecho que el proceso político se manipula para favorecer a visibles sobre invisibles, de tal suerte que el favor y el trato preferencial sustituyen al proceso económico, es decir, a la competencia abierta basada en precio, calidad y valor agregado.

 

Henry Manne, decano de la facultad de derecho en la Universidad George Mason, ofrece un diagnóstico sobre este entorno, sobre el temor de vivir sin una figura paternal que “distribuya” la riqueza. El imperio de la rentas obedece a la existencia de mercados políticos donde se intercambian favores (vota por mi) por favores (subsidios, bienestar social, regímenes preferenciales, y demás). Este problema de “rent-seeking” o rentismo, hace difícil transformar las ideas de libertad económica en política social concreta.

 

Hay quienes, en la tradición de Buchanan, proponen la importancia del estudio de “economía constitucional”, es decir, de diseñar reglas del juego que impidan las grandes e injustas transferencias de ingreso que se dan por medio del rentismo. Pero otros, como el propio Manne, concluyen que la libre asignación de recursos en un orden de competencia siempre enfrentan el problema de intereses especiales, de rentismo —siempre se topan con la psicología de la mediocridad.

 

Estos retos, el desafío de cómo superar la mediocridad, cómo lograr sustituir un imperio de rentas por el imperio de la ley, será un tema determinante de cara al próximo episodio electoral. Así, por lo menos, esperamos que sea.


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