Jaque Mate
Dic 23, 2010
Sergio Sarmiento

Responsabilidades fundamentales

El que México esté creciendo a pesar de su clase política debería ser una prueba de la capacidad económica de los mexicanos.

Hay dos lecciones, me parece, de este 2010 que termina. La primera es que México tiene más resistencia ante la adversidad de lo que muchos podrían creer. El que después de una crisis tan terrible como la que pasamos en 2009 hayamos podido lograr en el 2010 un crecimiento de 5 por ciento y un incremento de más de 20 por ciento en las exportaciones no es algo que carezca de importancia. El crecimiento de México en el 2010 no fue, ni siquiera, producto de que la clase política haya hecho su trabajo y finalmente aprobado las reformas que nos permitirían tener un país más competitivo y más próspero. Es la gente de México, y en especial los pequeños y medianos empresarios, los que una y otra vez rescatan al país a pesar de todos los obstáculos.

La otra lección es que la violencia es el peor mal que está enfrentando nuestro país. El 2010 fue el año más violento en la historia reciente de México. Las cifras disponibles apuntan a más de 12 mil ejecuciones, esto es, asesinatos perpetrados por grupos del crimen organizado. En este año el país registró algunas de las peores matanzas en la memoria, como la de 72 trabajadores indocumentados en Tamaulipas o la de Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez o las tres de Torreón Coahuila o la de los 20 turistas michoacanos en Acapulco.

México tiene una enorme capacidad no sólo para salir adelante sino para prosperar. Mucho ayudaría por supuesto que la clase política hiciera las reformas que permitieran que la inversión productiva que no se ha podido realizar hasta ahora se llevara a cabo. Pero aunque no lo haga, hay suficiente vigor creativo y productivo en el país como para vencer incluso las ineptitudes de los políticos.

Para que el país salga adelante no se requiere demasiado. Necesitamos, para empezar, un gobierno que cumpla realmente con su responsabilidad fundamental; la de proteger a los ciudadanos, y salvaguardar la seguridad, no puede ni debe ser delegada en nadie más. Un Estado tiene que preservar el monopolio del uso de la fuerza. Cuando éste se pierde, como ha ocurrido en México en estos últimos años, tanto por el surgimiento de bandas criminales cada vez más poderosas como por la necesidad de los ciudadanos respetuosos de la ley de contratar seguridad privada para defenderse de los delincuentes, la propia razón de ser del Estado desaparece.

En el campo económico el gobierno debe concentrarse en hacer aquellas tareas que la iniciativa privada no puede hacer. La primera es la seguridad. Pero el Estado puede también ofrecer servicios públicos de salud o de educación que para estar disponibles para todos deben ser gratuitos o muy baratos, en condiciones que no permiten rentabilidad. En lo demás, el gobierno más bien debe hacerse a un lado y buscar presentar la menor resistencia a la acción productiva de los ciudadanos.

El que México esté creciendo a pesar de todos los obstáculos que ha creado el Estado para la actividad productiva debería ser una prueba de la capacidad económica de los mexicanos. Mucho más creceríamos, sin embargo, si tuviéramos un gobierno que se concentrara en sus responsabilidades fundamentales y, en especial, en garantizar la seguridad de los ciudadanos.



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El punto sobre la i

Los dos enemigos del pueblo son los criminales y el gobierno. Atemos al segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero.

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