MIÉRCOLES, 10 DE AGOSTO DE 2011
Pendejonomics y la alternancia (II)

¿Se debe utilizar una parte de las reservas del Banco de México para financiar la reconstrucción?
No
No sé



“Existe una tiranía en el vientre de cada utopía.”
Bertrand de Jouvenel

Ricardo Valenzuela









“En la toma de protesta, Vicente Fox pronunciaba una frase que sellaría el estadio de su administración: “El presidente propone y el Congreso dispone.” Durante los siguientes seis años, como una negra nube, una gran capa de decepción cubriría al país entero ante las posiciones débiles, cambiantes e inentendibles del presidente.”


En días pasados el periodista Carlos Ramírez publicó una serie de artículos señalando los diabólicos resultados de lo que él llama la devaluación Salino-Zedillista, y estoy de acuerdo. Los resultados fueron aun más trágicos de los que el periodista señala, pero amigo Ramírez, eso era precisamente lo que los dinosaurios priistas pretendían, crucificar a los “neoliberales”, como ellos los etiquetaran, mas no por idealismo y mucho menos para beneficio del país, era la estrategia ejecutada para recuperar el poder que Salinas les arrebatara.

Si la devaluación de 1994 se hubiera evitado—y definitivamente se pudo haber evitado e inclusive revertida como lo aconsejara el gran Jude Wannisky—el ingreso per cápita de los mexicanos en estos momentos sería el doble del actual. Igual, si la revolución mexicana se hubiera abortado, y se pudo haber logrado como lo expone Roberto Blum en su excelente libro, el PIB mexicano en estos momentos sería cuatro veces superior al que presentamos con orgullo y aceptamos con sumisión.

Unos meses después de su “democrática victoria” en las elecciones primarias del “nuevo PRI en 1999,” Labastida anuncia el rompimiento total con el demonio Salinas. En esos momentos le abría de nuevo la puerta a los novillones ahora representados por los Barletts, los Gutierrez Barrios, los Hanks, los Madrazos, los Gamboas. Le abría la puerta al PRI del narcotráfico, de las trampas, de la corrupción. Pero lo más triste, lo hacía flanqueado por Don Luis Colosio como diciendo, mi hijo se equivocó pero yo no, yo estoy con el verdadero PRI. El anuncio de la exhumación de todas esas momias era sólo la aceptación descarada de su regreso portando sus arsenales revolucionarios.

En Octubre de 1996, recibo una intrigante llamada de mi compañero de la época del Tec de Monterrey, Cristóbal Fox. Luego de los saludos clásicos, Cristóbal procede a decirme que tenía una invitación de parte de su hermano, Vicente Fox, en esos momentos gobernador de Guanajuato, para reunirnos en un desayuno en la ciudad de León. Extrañado le pregunto ¿Para qué se quiere reunir conmigo? “Le gusta mucho la forma en que escribes y simplemente te quiere conocer”, me responde.

Días después puntualmente me ubicaba en uno de los salones privados del hotel Fiesta Americana de la ciudad de León. A las 7 de la mañana en punto, aparece Vicente Fox y caminando directo hacia mí me tiende la mano afirmando; Que tal Ricardo, tenía muchas ganas de conocerte, al mismo tiempo que aprieta mi diestra casi con brusquedad. Me impresionaba que fuera más alto que yo, su potente voz que podría inclusive causar cierta intimidación, una personalidad que destilaba una gran seguridad, un carisma que muy pocas veces había yo atestiguado.

Después de una jornada de varias horas, abandoné la ciudad de León completamente seguro que Vicente Fox era el hombre que México requería para controlar el desrielado tren que provocaran las acciones de los protozoarios priistas. Durante los siguientes casi cuatro años tuve la oportunidad de reunirme con Vicente en infinidad de ocasiones, simplemente para reforzar mi seguridad de que él era la pieza faltante para consolidar una verdadera reforma del agraviado país. Mi única preocupación era observar a un hombre, según yo, demasiado agresivo, beligerante, impulsivo y amenazante.

El dos de Julio del 2000, como la mayoría de los mexicanos, con gran júbilo celebraba la victoria de Vicente Fox quien, cortesía de una actitud de verdadero demócrata de parte de Zedillo, se le declaraba presidente electo abortando el fraude electoral que ya iniciaban los novillones del viejo PRI. Cuando Zedillo aparece en TV para notificar el evento, firmaba su muerte política y ganaba aun más enemigos de los que había confeccionado en sus seis años como presidente.

Una multitud se reunía frente al ángel de la independencia esperando el arribo del presidente electo. Tal vez desde la elección de Francisco I Madero el pueblo mexicano no proyectaba esa euforia, esperanza, ese gran alivio y con fuerza gritaban: “No nos falles Vicente.” Sin embargo, cuando el presidente electo inicia su discurso de triunfo, yo de inmediato me dije: Este no es el Vicente Fox que yo conozco. Su mensaje ya no era combativo, por lo contrario, se dibujaba demasiado conciliador, inseguro y débil.

En su toma de protesta meses después, Vicente Fox pronunciaba una frase que sellaría el estadio de su administración: “El presidente propone y el Congreso dispone.” Durante los siguientes seis años, como una negra nube, una gran capa de decepción cubriría al país entero ante las posiciones débiles, cambiantes e inentendibles del presidente.

Al celebrar Fox el segundo aniversario de su presidencia, la analista Anastasia O’ Grady publicó en el WSJ un editorial titulado: ¿Que sucedió con la Revolución Mexicana? O’ Grady señalaba lo que yo un poco en plan de broma preguntaba después del primer informe del Presidente Fox: Where is the beef? ¿Donde está la carne? Expresión que hizo popular la cadena Wendys en aquel comercial en el que una ancianita reclamaba eso; Dónde estaba la carne de la raquítica hamburguesa.

El escrito era un fino reclamo de un diario que siempre ha sido aliado incondicional de las reformas en México, y que de la manera más entusiasta apoyó la avenida de Fox como el parte aguas que señalaba el verdadero cambio. El artículo inicia: “¿Recuerdan aquel hombre alto y guapo que arribó al palacio de gobierno hace meses calzando botas vaqueras, clamando limpiar el basurero y hacer de México un país próspero?” Cuando leí esa introducción hice un alto y como fatal premonición me llegó a la mente la expresión de Adal Ramones; “pues no es cierto.”

Lo preocupante era el eco de un rumor general; Una decepción masiva no tanto por la falta de resultados de la administración, sino ya en esos momentos la duda de que Fox tuviera los elementos requeridos por un país ante una transición histórica en medio de una grave problemática mundial y nacional. Ya mucha gente lo comparaba con el famoso mago de la hoz de la inolvidable película de Judy Garland—Aquel supuesto ogro que solo con su voz producía el pánico de “los malos,” hasta que al correr la cortina descubrieron que era un hombrecillo inofensivo utilizando un alto parlante de gran poder.

Los mexicanos estábamos conscientes de que el país enfrentaba la batalla de su historia. Lo que no entendíamos es que la librara estilo Cid Campeador quien tenía tal fuerza, que aun muerto fue montado en su caballo y su simbolismo les dio la victoria. México no necesita de simbolismos, necesita de sus valientes. Hacia el final de su mandato, O’ Grady escribía otro artículo ahora adornado con una frase aterradora: “Fox necesitaba eso, comportarse como el personaje heroico que actuó durante su campaña. Sin embargo, parece ser que su actitud fue el solamente preservar la popularidad que lo llevó a la Presidencia, no importaba el costo para México.”

Ahora eran los panistas quienes abonaban el terreno a una oposición cavernícola.


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