Nostalgia del porvenir
Nov 7, 2011
Fernando Amerlinck

El nuevo tigre de papel

Nada hay de nuevo bajo el sol: siempre al sol lo sigue la noche, y un yang viene antes de un yin. China está tan sobrecalentada, que no tardará en enfriarse. Y cuidado con ese bajón, que coincidirá con la gran crisis del dólar; pocas veces habrá habido una burbuja tan grande y tan amplia. Con el mundo de por medio.

El Libro Rojo de Mao fue lectura correcta para la progresía política de mis tiempos. Sus postulados eran como un mantra para quienes consumían, repetían, citaban, creían con fe lo dicho en ese libro, tanto como la Biblia para los evangélicos que merodean por el sureste de Estados Unidos. Recuerdo claramente una cita:

“El imperialismo y todos los reaccionarios son tigres de papel.”

Hoy el imperio chino está lleno de reaccionarios. ¿Y cómo no iban a reaccionar contra los feroces experimentos de Mao, asesino de muchos más que los 6 millones de Hitler? El mayor reaccionario, Deng Xiaoping (1904-1997) tuvo la buena idea de visitar Singapur, y allí Lee Kuan Yew lo animó a abrir China al mundo. Lo hizo a partir de 1979, y Deng adquirió un récord: el hombre que ha liberado y enriquecido a más personas en la historia de la humanidad.

China se convirtió en ejemplo. Sus reservas en divisas pasan de 3.2 billones de dólares, 1,450 veces más que las que encontró Deng. Y hoy China se da el lujo oriental de snobear a Europa y venderle caro su amor, cuando le pide apalancar un poco sus bananeras finanzas.

Sin embargo, China no aprendió completas las por demás provechosas lecciones de Singapur. Quizá tampoco pueda entenderlas, por una diferencia sustancial: Singapur (como también India y Hong Kong) son hijos culturales de la Gran Bretaña, cuna del pensamiento liberal. Los derechos individuales no son invento chino.

Los chinos, en cambio, aprendieron marxismo y rectoría estatal de la economía. Eso da gran prosperidad a un Politburó pero no sirve para comprender el papel auténticamente equilibrador de los mercados libres. Menos aún ayuda a entender las instituciones legislativas y judiciales, una de las mejores exportaciones civilizadoras de Inglaterra.

China inventó una inédita melcocha de “economía socialista de mercado” en un país formalmente comunista que sigue venerando a Mao, con capitalismo intervenido y centralmente planificado, un gobierno fuerte con una clase empresarial aliada a él, y muchos remilgos para la situación laboral o los derechos infantiles. Les ha funcionado envidiablemente bien y parece que la economía china no dejará de crecer. ¿Será?

En todo el mundo, la crisis financiera tiene un denominador común: el exceso de crédito. Es decir, los bancos. Bancos centrales que emiten dinero sin respaldo (el mayor de todos, el de EEUU), o bancos comerciales irresponsables, sujetos a reglas laxas o a favoritismos.

Fuera y dentro de Grecia, viene el llamado a cuentas, y con tremenda severidad. En China, los préstamos malos dados más por relaciones políticas que por destreza en los negocios han llegado a entre 600 y 900 millardos de dólares, un cuarto o un tercio del producto del país (George Friedman, Stratfor). Pero eso no se nota aún; la economía crece tanto, que la basura se esconde bajo el tapete.

Subsidian exportaciones con un tipo de cambio cuchareado; hacen contabilidad creativa y estadísticas de estado totalitario; prácticas de negocios propias de lo mismo. Subsidios distorsionadores (vaya pleonasmo). Corrupción sólo comparable con la rusa y la mexicana. Nulo interés en la costosa molestia de hacer elecciones. Pero ¿quién les reclamará, si son los principales acreedores del mundo y tienen cerca de un tercio de sus reservas nacionales invertidas en el “Tesoro” de Estados Unidos? ¿Les van a reprochar su desaseo informativo, si tienen a Europa pidiéndoles frías? ¿Quién entonces les exhibirá su desempeño en derechos humanos? ¿Habrá quien quiera ponerse a las patadas con la fábrica del mundo, que beneficia a los consumidores de Occidente aunque mate sus industrias? Toda ama de casa sabe que se puede pelear con quien sea, menos con la cocinera.

Es digno del infalible Filósofo de Güémez: el poder es el poder, y quien lo tiene puede más que el que no puede. O como dijo Quevedo, ¡qué poderoso caballero es don Dinero!

Lo que no se sabe es hasta cuándo. Ya Wall Street demostró (ooooooooootra vez) que las bolsas suben pero también bajan. Japón vio que el sol naciente también tiene ocasos. Y la propia historia china es generosa en conflictos.

Además, al dragón chino le falta la cultura inglesa y sus tradiciones liberales y jurídicas, no así al elefante indio. “India nunca será un tigre. Es un elefante que ha empezado a menearse y a avanzar… Nunca tendrá velocidad, pero siempre tendrá aguante… China está ganando el sprint de arranque, pero nosotros ganaremos el maratón”. Dice eso Gucharan Das, citado por Robyn Meredith en su iluminador libro The elephant and the dragon.

China me recuerda (en lo malo) a Coahuila, estado moreiresco que con fines de inmediato y demagógico plazo practicó el antiguo arte de falsificar papeles para sacar dinero federal y préstamos. Estados Unidos falsifica dólares sin sustento. China falsifica cifras y oculta datos con tal de ganar mercados. México falsificó pesos en el aciago trisexenio Echeverría-de La Madrid. Nada hay de nuevo bajo el sol: siempre al sol lo sigue la noche, y un yang viene antes de un yin. China está tan sobrecalentada, que no tardará en enfriarse. Y cuidado con ese bajón, que coincidirá con la gran crisis del dólar; pocas veces habrá habido una burbuja tan grande y tan amplia. Con el mundo de por medio.

Mao tenía razón. China (cuyos gobernantes reaccionaron contra su tiranía asesina y que son un imperio en lo que de veras importa: el dinero) es un tigre de papel.

He escrito aquí que el XXI es el siglo de China, y recibí críticas. Debo matizar: es el siglo de Asia, pero no desdeñemos a otras regiones del planeta. Una de ellas: la nuestra.



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