El Econoclasta
Nov 8, 2011
Isaac Katz

Pobre México

Con la decisión que se tomó en la Cámara de Diputados de rasurar la reforma política, México perdió una gran oportunidad para moverse hacia un estado de mayor desarrollo y de mayor nivel de bienestar. Y lo peor es que no hay manera de castigar su irresponsabilidad. Pobre México.

Primero fue la promesa incumplida de aprobar una reforma laboral; después la incapacidad de elegir a los tres consejeros del IFE. Y ahora, los diputados nos la jugaron chueca de nuevo, esta vez con la reforma política. La decisión de la mayoría priista de no incluir en la reforma aprobada la reelección consecutiva de diputados, senadores y presidentes municipales, nos quita a los ciudadanos la facultad de premiar o castigar a cada uno de estos funcionarios electos en lo individual y nos muestra la decisión de los líderes de este partido político de no estar dispuestos a perder el control de ser ellos quienes decidan a quiénes postular para cada uno de estos puestos y también su determinación  a no rendirle cuentas a la sociedad.

No sorprende, por lo tanto, la tremenda desilusión de los mexicanos con la democracia, tal como lo muestra la última encuesta de Latinbarómetro. Los mexicanos estamos hasta el copete, o para expresarlo más elegantemente, hasta la madre de nuestros políticos. Vivimos con un sistema político disfuncional que no rinde resultados; tenemos un sistema político que sigue favoreciendo la permanencia de un marco institucional que promueve la búsqueda y apropiación de rentas por parte de grupos particulares de interés como son los propios partidos políticos y sus líderes, la burocracia, los empresarios con poder de mercado, los sindicatos, etcétera. Tenemos un sistema político que sigue favoreciendo la opacidad en el ejercicio del gasto público y en programas que tienen una rentabilidad social negativa pero que transfieren recursos a grupos particulares a cambio del apoyo político. Vivimos con un sistema político que sigue favoreciendo, y viviendo de, la enorme incidencia de corrupción que impera en los tres niveles de gobierno, una de las mayores lacras que nos aquejan y que conlleva un enorme costo económico y social.

Obviamente el resultado de tener este sistema político es la mediocridad en materia económica. Como resultado del marco institucional vigente, la economía mexicana ha experimentado durante las últimas tres décadas un estancamiento del PIB por habitante, la distribución del ingreso sigue siendo una de las más inequitativas del mundo y la pobreza prácticamente no se reduce. Y esta evolución de la economía se puede resumir en que en Índice de Desarrollo Humano que elabora el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en donde ocupamos el lugar 57; de ahí no nos hemos movido en décadas. El resto del mundo avanza y México está prácticamente estancado.

La decepción que la población tiene con el sistema político mexicano, aunado a la precepción de la mayor parte de la población de que el bienestar intergeneracional está y seguirá estancado, puede convertirse en el caldo de cultivo para que aparezcan personajes mesiánicos que prometerán un aumento inmediato del bienestar de la población a través de la implementación de políticas populistas, tal como lo vivimos en la campaña presidencial de 2006. Y ya sabemos cuál es el costo de que el gobierno, en la búsqueda de ganancias de muy corto plazo, termine por destruir a la economía, tal como sucedió durante la “docena trágica” con los gobiernos de Echeverría y López Portillo.

Con la decisión que se tomó en la Cámara de Diputados de rasurar la reforma política, México perdió una gran oportunidad para moverse hacia un estado de mayor desarrollo y de mayor nivel de bienestar. Y lo peor es que no hay manera de castigar su irresponsabilidad. Pobre México.



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