MIÉRCOLES, 15 DE MARZO DE 2006
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“Necesitamos instituciones político-sociales fuertes que atenacen a cualquier iluminado entusiasta, como lo hace la gran nación del norte.”


La ciencia política, y los debates políticos contemporáneos giran en torno a una cuestión que parece no quedar clara: Las funciones legítimas del aparato de gobierno. En adición, puede mencionarse la tan eterna pregunta en cuanto a por qué determinadas naciones son más prósperas que otras.

 

En realidad, ambos cuestionamientos van de la mano. Pero pongamos las cosas en un lenguaje un tanto más coloquial. Comparemos dos países, dos naciones que aparentemente se dice, son muy diferentes: México por un lado, y los Estados Unidos de Norteamérica por el otro.

 

Ambas naciones, poseen una estructura política, burocrática y torpe, que le cuesta muchísimo dinero a sus respectivos contribuyentes. Ambos gobiernos, responden a los intereses de sus grupos de presión: Los americanos a través de un cabildeo de carácter constitucional y los mexicanos, a través del simple compadrazgo político. Ambas naciones poseen estereotipos étnicos y raciales muy similares: Lo que para el norteamericano promedio pueda decirse en cuanto a los negros e hispanos es lo mismo, que para las clases pudientes y “educadas” mexicanas se dice del indígena o del mestizo.

Ambas naciones, son víctimas de su fanatismo religioso, los norteamericanos los son del cristianismo protestante que condena el alcohol, el cigarro y la música rock & roll; mientras que los mexicanos lo son del cristianismo romano apostólico que condena los métodos anticonceptivos y la empresa privada.

 

Y, además de todo, ambas naciones fueron producto de intereses sociales y políticos que en nada, buscaron la libertad de los hombres: El Virreynato de la Nueva España fue una “caja chica” para la monarquía peninsular, y la Nueva Inglaterra fue (en su origen y esencia) un proyecto político que permitiría construir “La utopía religiosa” a los grupos disertantes del cristianismo anglicano que huían de la persecución religiosa en Londres. De hecho, los mismos crímenes y el ambiente oscurantista que el tribunal de la Inquisición produjo en la Nueva España los produjo el gobierno de corte teocrático de las primeras colonias puritanas en Massachussets.

 

¿Y entonces, si siendo tan similares, somos, a la vez, tan diferentes?

 

Pongamos atención a los movimientos políticos que transformaron las últimas décadas del siglo XVIII y el resto del siglo XIX. Nuestra “ascendencia” política se remonta esencialmente al mundo francoparlante, racionalista y escéptico del individuo: Por ello la búsqueda de la Gran Voluntad General o la Gran Sociedad ha preocupado siempre a los autores que bajo esta lupa han escrito, a decir, Rousseau, Comte, o Descartes entre otros.

 

Nuestro México ha conformado su estructura política sobre la herencia centralizadora del poder absolutista que nos heredó el mundo francés. Los modelos de “Revolucion” latinoamericana se han visto siempre enmarcados en la lucha y confrontación de esquemas políticos y no de ideas: “Lo rural frente a lo urbano”, “el criollo frente al peninsular”, “la vieja nobleza contra la nueva burguesía”, “sector público contra sector privado”, pero la libertad brilla por su ausencia. Desde México hasta la Argentina los movimientos políticos latinoamericanos tienen de “liberal” el no ser conservadores, defensores del “libre mercado” siempre y cuando, no se afecte mi “parte del juego”, nuestra idea de Derecho se refiere a la codificación en detalle sin importar el espíritu mismo de las leyes y nuestra herencia constitucional moderniza la idea colonial de que todo es propiedad de la corona, (ahora de la nación).

 

En palabras de Juan Bautista Alberdi, “el joven continente se independizó del viejo mundo para hacerse esclavo de sus propios caudillos”.

 

¿Y nuestros vecinos del norte? En menos de 120 años después de su independencia, y siendo entonces una sociedad eminentemente agraria, lograron convertirse en la nación más poderosa del globo, libraron al mundo de la amenaza nazi y de las garras del comunismo, convirtieron sus fronteras en tierras de esperanza para millones de masas oprimidas, además de hacer sus símbolos patrios íconos de libertad para todos los hombres. Y a pesar de su enorme aparato burocrático, una política de comercio exterior proteccionista y escándalos financieros, tanto las masas migratorias como los capitales financieros siguen prefiriendo las tierras americanas.

 

No hay ningún milagro detrás de esto. Y aunque la herencia del constitucionalismo norteamericano no deja de admirarnos a quienes estudiamos las ciencias sociales, la razón de ser de la grandeza de la nación del norte se debe a sus maravillosas instituciones, que habiendo perdurado por siglos, han sido capaces de mantener a gobernantes y gobernados bajo el peso de la ley; han protegido la propiedad, la dignidad de la persona con un carácter de “sagrado”, y ante todo, han asegurado la búsqueda libre de la felicidad para todos los hombres.

 

¿Un sistema perfecto? No, en ninguna manera, pero sí ideal. Viva pues entonces, la gran nación del norte, viva la tierra del libre y el hogar del valiente, viva América, y ante todo, viva la Libertad.

 

Desgraciadamente nuestro continente no termina de esperar el "mesías", el "salvador", el "ungido" (sean éstos militares, civiles, empresarios o ex–miembros de grupos guerrilleros) que nos venga a sacar de la pobreza y el atraso, cuando lo que se necesitan son instituciones político-sociales fuertes que atenacen a cualquier iluminado entusiasta: Sólo este poder, como decía Montesquieu, puede contener el poder.


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