Pesos y contrapesos
Mar 7, 2012
Arturo Damm

La lección (una de muchas) de Wilson

Bien puede ser que el triunfo de la arbitrariedad sobre la autoridad se deba, no a la impotencia de los gobernantes, sino a su falta de voluntad, algo tal vez más grave: no hay impotencia más fuerte que la falta de voluntad.

Falleció James Q. Wilson, estudioso de la conducta humana, de cuyas enseñanzas mucho deben aprender nuestros gobernantes, quienes en más de un sentido dan pena, de entrada por irresponsables, en el sentido literal del término: aquel que no cumple con sus obligaciones, irresponsabilidad de muchos de ellos que los gobernados constatamos a diario, por ejemplo, cada vez que triunfa la arbitrariedad sobre la autoridad o, para decirlo con mayor propiedad: cada vez que el gobernante en turno deja que triunfe la arbitrariedad sobre la autoridad, sobre su autoridad.

Ejemplos de lo anterior los tenemos en las marchas, manifestaciones y plantones, y demás eventos por el estilo, que se han vuelto algo común y corriente en varias ciudades del país, eventos que violan los derechos de terceros, todo ello ante la mirada (literalmente: ante la mirada) de la autoridad, que no hace algo para evitar tal violación, siendo que hacerlo es su responsabilidad. Al no hacerlo permiten que triunfe la arbitrariedad sobre la autoridad, lo cual es grave, de entrada por la respuesta relacionada con la siguiente pregunta: quién no puede lo menos (por ejemplo: evitar un plantón a media calle), ¿podrá lo más (por ejemplo: combatir al crimen organizado)? Claro que, en los casos que me ocupan (plantones, manifestaciones, marchas y demás acontecimientos de esa naturaleza), bien puede ser que el triunfo de la arbitrariedad sobre la autoridad se deba, no a la impotencia de los gobernantes, sino a su falta de voluntad, algo tal vez más grave: no hay impotencia más fuerte que la falta de voluntad.

Lo que he escrito en los párrafos anteriores está íntimamente relacionado con Ventanas rotas, de Wilson, un experimento que realizó y cuyos resultados lo llevaron, entre otras, a las siguientes conclusiones: 1) los gobernantes deben comenzar por combatir los delitos menores, para evitar que un delincuente “en formación” se transforme, al paso del tiempo, y a golpe de repetir conductas delictivas, consecuencia de que el gobernante deja que triunfe la arbitrariedad sobre la autoridad, en un delincuente “plenamente formado”; 2) los daños causados por el vandalismo (por ejemplo: ventanas rotas; tirado de basura; abandono de coches; graffiti, etc.), deben repararse lo más pronto posible, bajo la tesis “deterioro llama a más deterioro”. Lo explica bien, escribiendo sobre Wilson, Manuel Suárez Mier (en su artículo de ayer): “Quizá su más famosa aportación haya sido la teoría de las “ventanas rotas” sustentada en el experimento de dejar abandonados dos coches en una calle citadina, uno en perfecto estado y el otro con una ventana rota. El segundo vehículo es pronto objeto de actos vandálicos mientras que el primero permanece incólume”. Lo dicho: “deterioro llama a más deterioro”, es decir: basura llama a más basura; graffiti llama a más graffiti; plantones llaman a más plantones (pregúntenle a los oaxaqueños), y así nos vamos, arbitrariedad tras arbitrariedad, y no por falta de poder de las autoridades, sino por falta de voluntad, lo cual, dado que no hay impotencia más fuerte que la falta de voluntad, resulta más grave.



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