VIERNES, 10 DE MAYO DE 2013
Carlos V y sus banqueros

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


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“La única forma de consumar designios tan ambiciosos era mediante un estado continuo de guerra contra quienes se le oponían.”


Tuve el privilegio de participar en días pasados en un coloquio organizado por el Liberty Fund junto con la Universidad Francisco Marroquín (UFM) de Guatemala con el tema que da título a esta columna, y con la intención de explorar los manejos financieros del gran monarca europeo del siglo XVI.

El Liberty Fund, institución extraordinaria con la misión de alentar un mejor entendimiento de los requisitos necesarios para restaurar y preservar el ideal de una sociedad de individuos libres y responsables, fue creado en 1960 por el empresario estadounidense Pierre F. Goodrich.

La UFM es una plantel de educación superior de primer nivel que está iniciando su quinta década de una fructífera labor de enseñar y diseminar los principios éticos, legales y económicos de una sociedad libre integrada por individuos comprometidos con ese ideario, y que se ha fijado la ambiciosa labor de cambiar a Guatemala.

El fundador de la UFM, don Manuel Ayau, fue un gran empresario que también accedió a la política como diputado y candidato presidencial, pero más que nada fue un incansable estudioso y promotor de las ideas liberales esenciales para alcanzar la prosperidad de su país y el bienestar de sus habitantes.

Debatir los problemas financieros de un monarca europeo de tiempos tan remotos parecerá esotérico a quienes se ocupan sólo de los problemas cotidianos, pero fue notable la cantidad de lecciones de enorme actualidad y pertinencia que se extrajeron de su discusión y análisis.

El contexto histórico del reinado de Carlos V (de Alemania y I de España) explica las circunstancias que habrán de condicionar sus decisiones. En primer lugar, el monarca se siente en obligado no sólo a defender los territorios de sus antepasados y a recuperar los que se habían perdido sino también a extender sus fronteras.

El problema de adoptar éste como uno de los propósitos esenciales de su reinado fue que la herencia que recibió era de una magnitud difícilmente preservable en su integridad: de su padre, Felipe “el Hermoso” de Borgoña, heredó lo que hoy son los territorios de Holanda, Bélgica y Luxemburgo y la posibilidad de ser elegido para encabezar el Sacro Imperio Romano Germánico.

De su madre, Juana I de Castilla (“la Loca”), heredó las coronas de Nápoles, que entonces comprendía la mitad meridional de la península itálica al poniente y sur de Roma, y de España con su inmenso imperio de ultramar: América al poniente de la Línea Alejandrina, que dividía sus territorios de los portugueses, y Filipinas.

Carlos V adoptó otra misión que habría también de reclamar abundantes recursos financieros: la de defensor de la fe católica frente a los retos militares planteados por los infieles musulmanes y los desafíos teologales y políticos del protestantismo, que puso en entredicho la legitimidad del Vaticano.

La única forma de consumar designios tan ambiciosos era mediante un estado continuo de guerra contra quienes se le oponían, que incluyeron en diversos tiempos a los reinos de Francia e Inglaterra, al Imperio Turco, a los monarcas alemanes protestantes y a sus súbditos que se sublevaba por diversas causas. 

Los ingresos regulares que recibía el Emperador tenían que ser aprobados por los diversos y rudimentarios cuerpos parlamentarios de sus reinados que, como es de suponer, se negaban a incrementar los impuestos que muchos percibían ya como excesivos, sobre todo para financiar guerras lejanas a sus territorios.

Pero Carlos tuvo la enorme suerte de que bajo su mando el imperio de ultramar empezó a generar riquezas extraordinarias para la corona, tanto por las cantidades crecientes de oro y plata que se le remitían, como por las grandes utilidades generadas por su monopolio del comercio con las colonias en América y Asia.

Sin embargo, ni siquiera estos recursos inmensos alcanzaban para financiar las guerras sin fin del Emperador, lo que nos llevó a explorar la ingente necesidad de la Corona de endeudarse con todos los banqueros que pudo encontrar en su área de influencia, particularmente en sus posesiones italianas de Milán y Génova.

El Tesoro de América, como se le calificó a las remesas provenientes de esa región, se utilizó como garantía para emitir pagarés con los cuáles se le adelantaba a la Corona dinero para pagar a las tropas y avituallar a los ejércitos. Pero sin limitante presupuestal, no hubo nunca los recursos suficientes.

Al final, el heredero y sucesor de Carlos, Felipe II, tuvo que recurrir a la suspensión de pagos en 1557, la primera de muchas quiebras del Estado español. ¿Hay alguna lección que extraer de esta historia para el siglo XXI?

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