Práctica económica
Abr 17, 2006
Juan Carlos Leal

Descrédito de la democracia

Al paso que vamos, los votos pueden ser mínimos y los resultados cuestionados por más de un candidato o coalición y no habrá arbitro que aguante tal descrédito.

La democracia mexicana vive el descrédito de no producir resultados y estar ajena a los deseos de la sociedad, amén de ser cara y electorera. Sin embargo parece que lo mismo ocurre en Italia, Estados Unidos, Francia, Alemania, en fin casi todos los países de la OCDE viven un proceso de descrédito por la democracia, pues las campañas mediáticas, las personalidades fuertes, el dinero y la ausencia de propuestas hacen que esta forma de gobierno sea vista con desconfianza y el tono reinante son los escasos resultados y el abstencionismo creciente.

 

El proceso electoral que hoy padecemos es el caso más claro del descrédito de nuestra democracia y es que a fuerza de no ver resultados todo se traslada a las encuestas y a los sondeos de opinión, esto da como resultado que los candidatos traten de animar o desanimar a la población a votar por medio de declaraciones espectaculares o descalificaciones hacia los contrarios, pero nada en términos de propuestas, de plan de gobierno, de acciones concretas para alcanzar el desarrollo, pues eso no es lo que da rating, entonces la democracia se resume, en la mente de los políticos y estrategas nacionales a popularidad, a un concurso donde gana el más guapo, el más ocurrente, el más aventado o el más contestatario. De tal forma que parece que no hay nada serio en las campañas, son tan malas como lo mala que es la programación de la televisión nacional.

 

Es más, la propias televisoras han tratado de darle un giro más serio a las campañas con programas que hablen de propuesta, pero los formatos no han sido los adecuados nadie los vio, entonces tiran la toalla y siguen el juego de la política actual, entonces celebran o censuran las declaraciones ocurrentes o hacen gran despliegue de los pleitos y los problemas de los partidos y sus listas o sus procesos internos, que muestran el grado de descomposición de nuestra política, pero no aportan nada al desarrollo de una sociedad conciente, a la formación de ciudadanos y a incrementar nuestra cultura electoral, vamos pues hacia la conformación de una sociedad electorera.

 

El caso es que nuestra democracia y nuestro autoritarismo poco han hecho para promover un gobierno eficiente que haga lo que tenga que hacer y respete los derechos de los demás. Pocas, sino escasísimas, veces nuestro país ha gozado de una administración publica eficiente, de buenas leyes, en fin, casi nunca hemos tenido un gobierno legitimado ya sea por los votos o por las acciones, casi siempre hemos tenido un pequeño grupo decidiendo por todos lo mexicanos. Pero el cambio está en que ahora los resultados parecen estar a la vista y si no se consiguen, algún castigo hacia los políticos habrá.

 

Los pero siguen en las incertidumbres, mientras que en México los cambios de cabeza representan cambios de todo el personal, con Ley de Servicio Civil o sin ésta, los políticos se encargan de hacer de los puestos y las instituciones proyectos unipersonales, y peor aún trampolines para seguir en el negocio de la política. Las instituciones son lo último que les interesa a los políticos mexicanos, es más, se encargan de torpedearlas desde cualquier puesto que ocupen, sea de elección o por nombramiento.

 

El caso es que este proceso electoral que vivimos no está haciendo nada por sacar a votar a los mexicanos ni por convencer a los que viven el descrédito del efecto Fox, que no es más que el descrédito del voto: para qué voto si no pasa nada. Es más, al paso que vamos, los votos pueden ser mínimos y los resultados cuestionados por más de un candidato o coalición y no habrá arbitro que aguante tal descrédito. Así que con sus propias acciones los políticos mexicanos atentan contra la democracia y contra sus instituciones.



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