VIERNES, 13 DE FEBRERO DE 2015
Grecia, deuda y austeridad

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“Si imprimir dinero ayudase a la economía, falsificar moneda debería ser legal.”
Brian Wesbury

Manuel Suárez Mier







“Me temo que la austeridad helénica llegó para quedarse y que las posiciones populistas y belicosas del nuevo gobierno solo la agravarán.”


El enfrentamiento que se está dando entre el nuevo gobierno griego, integrado por una peculiar coalición de partidos de extrema izquierda y de extrema derecha, y sus acreedores con Alemania a la cabeza, ha vuelto a atraer el escrutinio público en la forzada austeridad que aflige a Grecia y que su noveles líderes desean que termine.

De entrada, el flamante primer ministro griego Alexis Tsipras y Janis Varoufakis, su secretario de Hacienda, anunciaron que no negociarán con la “troika” integrada por la Comisión Europea, el Banco Central Europea y el Fondo Monetario Internacional, y exigieron una nueva rebaja en el monto de su deuda.

Más preocupante aún, anunciaron el fin de la austeridad, que nunca fue sino una promesa incumplida por los gobiernos anteriores, un aumento de 45% en el salario mínimo, el fin de las privatizaciones, cupones de alimentos y gasolina gratis para los pobres, y revertir la reforma laboral que restó poder a los sindicatos.

En días más recientes, la demanda de reducir sus pasivos se ha transformado en el ofrecimiento de cambiarlos por bonos de deuda vinculados al crecimiento futuro de Grecia, lo que resulta obvio pero fue innecesariamente tardío, pues tales cláusulas contingentes ya se habían incluido en los bonos Brady que México emitió en 1990.

Lo que los novicios dirigente griegos no parecen entender es que poner fin a la austeridad es imposible con las políticas que ellos pretenden adoptar. Para incurrir en el déficit público al que aspiran, alguien les tiene que prestar, y al carecer de un banco central con su propia moneda solo les queda que el resto de Europa les preste.

Esto es lo que ocurrió desde el ingreso de Grecia a la zona del euro en 2001: las tasas de interés cayeron como plomada y los griegos se endeudaron con singular alegría, manteniendo un gobierno creciente, obeso e inepto, y un nivel de vida a todo tren, al grado que en 2008 el ingreso promedio de los griegos superaba al de los alemanes.

Tal situación era una quimera insostenible y cayó como castillo de naipes cuando se reveló en 2009 que el gobierno había mentido en sus niveles de deuda y gasto, y que un déficit público de 3.5% del PIB era en realidad del 14%. En ese momento terminó la francachela y Grecia se enfrentó a la crisis que por fuerza tenía que ocurrir.

Al revés de lo que creen los descorbatados que ahora conducen el gobierno griego, la austeridad se adoptó de manera ordenada y gradual, gracias al apoyo financiero de la troika, y a las negociaciones que condujeron a una quita importante en el monto de la deuda y a extender sus plazos, de tal forma que su servicio fuera menos oneroso.

Hoy Grecia tiene una deuda neta –restándole los activos del gobierno- de 120% del PIB y paga 1.5% del PIB, cifra muy inferior al servicio de la deuda en Irlanda e Italia, a pesar que esos países tienen pasivos inferiores a los griegos respecto a su PIB.

El nivel de superávit presupuestal primario –que excluye el pago de intereses en la deuda- de 4% negociado con la troika, es semejante al que mantuvieron por más de una década sin interrupción otros países de la zona del euro con alto endeudamiento, como Irlanda (1991), Bélgica (1995) y Noruega (1999), en crisis financieras similares.

A diferencia de España e Irlanda en donde el problema fue de deuda privada ligada a la burbuja en los bienes raíces, la bronca griega surge de un gasto/endeudamiento excesivos del gobierno y sus empresas, con salarios tres veces mayores que los del sector privado, por lo que su ajuste fiscal tuvo que ser relativamente mayor.

El hecho es que la competitividad griega sigue por los suelos y sus exportaciones no han reaccionado, a pesar que los salarios ya han caído en 20%, lo que puede llevar a la conclusión de que es inevitable que Grecia abandone el euro, restaure su propia moneda para poder devaluarla y así recupere su competitividad económica.

Lo anterior no entraña el fin de la austeridad pues la devaluación implica que sus exportaciones se vuelven más atractivas pues los salarios de los trabajadores griegos se desplomarán al ritmo que se deprecie su nueva moneda, y las importaciones se vuelven más caras en perjuicio de los consumidores.

Me temo que la austeridad helénica llegó para quedarse y que las posiciones populistas y belicosas del nuevo gobierno solo la agravarán.


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