JUEVES, 4 DE MAYO DE 2006
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“¿Hay posibilidades de vivir el resurgimiento del populismo del pasado en nuestro país?”


La decisión de Evo Morales de “nacionalizar” los hidrocarburos, inmediatamente después de una cumbre celebrada con Fidel Castro y con Hugo Chávez, parece confirmar la noción que existe una corriente de populismo económico en América Latina. Kirchner, en Argentina, ha recurrido al control de precios para neutralizar la inflación. Esta es otra medida característica del populismo latinoamericano del pasado.

 

Una pregunta obligada, entre varias otras, es: ¿qué es el populismo? Es difícil, sino imposible, formular una definición de esencia. Pero ciertamente se pueden identificar unas características importantes. La voluntad popular parecer ser la fuerza motriz de la gestión populista, es decir, independientemente de sus consecuencias las acciones se toman, en todo momento, en nombre del pueblo. Evo expropió, con la fuerza militar, el sector de los hidrocarburos. Esta acción tendrá consecuencias económicas devastadoras, tanto en plazos corto como largo. Pero se tomó en nombre de la sangre indígena derramada en el pasado.

 

Este aspecto del populismo, la validez de la acción política tomada en nombre del pueblo, conlleva un desprecio a la lógica económica, a los derechos de propiedad, a la ley y las instituciones, a la fuerza de las tradiciones, al orden espontáneo del intercambio. En nombre del pueblo todo se vale, y nada más importa. Por ello, el instinto populista implica un régimen de autoritarismo político. Si yo, Evo, Hugo, quién sea, soy la voz del pueblo, la encarnación hegeliana del proceso histórico, yo tengo derecho de hacer lo que sea, por arriba de quien sea. La intolerancia a las diferencias se vuelve inevitable.

 

Álvaro Vargas Llosa nos dice, al respecto: “el populismo le da la espalda a la ley; es dadivoso y asistencialista: gasta lo que no tiene; es altamente retórico y ambiguo: la claridad es su enemiga; se nutre de la polarización clasista; aunque su esencia es el “pueblo”, se concentra en los designios de un líder tan providente como férreo; es antimoderno: su aspiración es una utopía arcaica.”

 

¿Porqué florece un bicho tan raro, tan antimoderno, en nuestra generación de gran avance tecnológico, de oportunidad de crecimiento? Una explicación, la convencional, es que el caudillo populista nace como respuesta a la desigualdad del ingreso, a la injusticia del neo-liberalismo y las reformas de la tecnocracia coludida con los intereses especiales del empresario explotador. Esta explicación es más retórica que racional. Empero, quizá la razón reside en la fragilidad de las instituciones vigentes: en un país donde no existe una tradición de estado de derecho, de la ley y la fuerza de la ley, donde la corrupción es un modus operandi obligado, donde el crimen se vuelve una cosa común de la vida cotidiana, tenderá a existir un reclamo generalizado por el héroe salvador, el que sí puede, hoy, hoy, hoy, ante todo y contra todos, en nombre del pueblo.

 

¿Hay posibilidades de vivir el resurgimiento del populismo del pasado en nuestro país? Hemos insistido, en estos espacios, que estas posibilidades son muy remotas, aunque no se pueden descartar del todo. Una economía integrada al resto del mundo, dependiente del comercio exterior, de la inversión productiva, puede verse humillada al instante, como lo vivimos en 1995, ante un error económico tipo Evo, ante una masiva salida de capitales (propios y foráneos).

 

Es una camisa de fuerza—no de oro, quizá, pero algo así como de plata. La plata no es todo, no es cura infalible, pero es algo. Aun así, es triste, y sumamente preocupante, observar lo que hoy se vive en el continente sudamericano.

 


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