Uno de los mejores ejemplos de los elevados tributos que los políticos, con el dinero de los contribuyentes, pagan a los prejuicios es la propuesta de George W. Bush acerca del “problema migratorio”.
Vista desde la perspectiva de la política
interna de los Estados Unidos la propuesta de George
W. Bush respecto del “problema migratorio” tiene
mucho sentido: Paga el tributo necesario para satisfacer los prejuicios
fuertemente arraigados en algunos sectores de la sociedad estadounidense –el
envío de
Dicho en términos políticamente correctos: Se
reconocen dos valores básicos de la sociedad estadounidense, ser un país de migrantes sustentado en la libertad y ser un país de leyes.
Pero si vamos un poco más allá de la retórica
políticamente correcta, la solución de Bush es
antieconómica –generará gastos multimillonarios a los contribuyentes- y miope:
Pospone el problema, no lo resuelve.
En México, donde pagamos altísimos tributos a
los prejuicios políticos e ideológicos (por ejemplo, prohibiendo la competencia
en la generación de energía eléctrica o satanizando, sin ningún fundamento
racional, el IVA generalizado), deberíamos entender bien lo que está haciendo Bush: Pagando altísimos costos con el dinero de los
contribuyentes para satisfacer los prejuicios de influyentes grupos de esos
mismos contribuyentes. En muchas ocasiones, muchas más de las que sería
deseable, ese es el triste papel de la política: Cortejar prejuicios y mitos,
alimentarlos con discursos y dinero público, alentarlos con opiniones
cuidadosamente diseñadas para adular fanatismos fuertemente arraigados en
algunos sectores de la sociedad.
Algunos cuantos, pocos pero lúcidos, lamentan
por ejemplo que las campañas electorales sean tan ramplonas o que los políticos
no se atrevan a decir lo que muchos sabemos, pero es políticamente incorrecto,
por ejemplo en México decir que el monopolio petrolero es más un fardo que una
ventaja; digamos, en Estados Unidos, admitir que los trabajadores migrantes aportan más, mucho más, al bienestar de Estados
Unidos que lo que reciben de servicios públicos o de la seguridad social.
Nada se logra combatiendo prejuicios ajenos
con prejuicios propios –fomentados para la rentabilidad política interna- como
el prejuicio descabellado de exigir al gobierno de México ¡que someta -¿cómo?,
cabría preguntar- al congreso de Estados Unidos!
Así como ningún candidato en México con
deseos de ganar las elecciones se atreve a proponer la tan necesaria
privatización-socialización de Pemex, de
¡Qué pena!, porque la cuenta (los tributos
que exigen los prejuicios para ser apaciguados) sale muy cara en ambos lados de
la frontera.
EntrarTanta sociedad como sea posible, tanto gobierno como sea necesario.